lunes, 2 de febrero de 2026

La noche del relámpago

 




Es una historia con situaciones  raras, atmósferas  extrañas, de color púrpura,  nunca me imaginé formando parte de escenarios como  estos, sin embargo, no me arrepiento, pese a que nunca lo hubiera planeado así. Total, quién soy yo como para ser el protagonista de  alguna historia deslumbrante, no tengo ningún talento, no sé bailar, la gente me da miedo, nadie recuerda fácilmente mi nombre o mi rostro, mi apellido es menos popular  que el de cualquiera, no tengo un referente en mi árbol genealógico, nunca he brillado, nací para estar a la sombra de otros, pero bueno, uno siempre cree que puede conseguir a la mujer de su sueños.

Armé un perfil de facebook, no lo hice antes porque nunca entendí  la necesidad de otros para mostrar sus vidas, presumir sus viajes o leer sus situaciones sentimentales, eso no es para mí, así lo pensé por décadas, pero tras los últimos sucesos en mi vida, lo vi como una opción, y finalmente me di de alta en la plataforma.  Lo hice desde el celular y seguramente acepté algo por error, ya que de inmediato me aparecieron sugerencias de amistad de personas del trabajo, personas en su mayoría detestables, pero la curiosidad me llevó a observar algunas de sus fotos, sonriendo y ocultado sus abultados cuerpos, compartiendo frases de luz, cuando son personajes malévolos en la vida real, eso me hizo reír, vaya que había mucho que ver allí, en otros perfiles me encontré con la frase Perfil Restringido, vaya, ni que fuera para tanto, seguro su lista de amigos sería similar al número de personas que los tienen en estima. Miré un poco más antes de irme a dormir, era viernes y me sentía exhausto.

Desperté cerca de las 2 de la mañana, el teléfono vibraba, quién podría ser a esas horas, pensé en mi madre. Pero no, no era una llamada ni mensajes del whats,  eran notificaciones de facebook.

De qué se trata esto, no entiendo, Messenger me preguntaba que si deseaba aceptar un diálogo con Mía Gu, y esa misma Mía Gu me había enviado solicitud de amistad…

¿Mía Gu? ¿ es ése un nombre?, de inmediato miré su perfil, vaya, qué mujer tan atractiva, fotos en Tepoztlán usando un sombrero de palma, fotos afuera del Soumaya con un café de starbuck en la mano, foto en el Zócalo con las mejillas pintadas con gis tricolor, fotos en Teotihuacan, fotos en Xochimilco con una michelada atascada de gomitas y chamoy, foto en la graduación de alguien con vestido entallado y brilloso…

No la conozco, no, definitivamente. Debe ser un perfil falso, he escuchado eso con quienes saben de redes sociales. Volví a dormir, pero no pude, en mi mente aparecía el diálogo pendiente de Messenger. Así que me incorporé y acepté a riesgo de infectarme con algún virus, es decir, infectar a mi teléfono, qué más da, me dije, así que piqué y abrí el diálogo:

-Holi

-Santiago!  Por dios!

-Santiago Romero, el famosísimo pichón.

-a ver ¿quién soy?

El Pichón, madre de dios, hacía décadas que nadie me llamaba así, fue en la primaria, cuando me cambiaron de escuela, cursaba el tercer grado y mi padre se fue, así que regresamos a casa de mi abuela y me convertí en el nuevo en la primaria de la colonia, en el patio no hallaba un lugar para sentarme, sentirme seguro, comer mi lunch, así que mi andar titubeante, mis pasos de voy, regreso, voy, me siento, me levanto, miro para allá, miro para adentro, en fin. Eres como los pichones que bajan al patio, me dijo el  Osvaldo, nomás andas como pendejo dando vueltas, acompañado de las carcajadas de todo mi salón…

-Hola.  –contesté

Pero ya no hubo respuesta, así que intenté volver a dormir.

Pasado el medio día del viernes, Mía volvió a escribir

-pero aún no sabes quién soy, verdad?

-acepta mi solicitud, para que veas mis fotos antiguas, ándale!

-si adivinas quién soy te invitó unas cervezas, te lo prometo.

  Así que acepté, y de inmediato miré sus fotos, las últimas y las más antiguas, miré también sus videos de cumpleaños, de playa, los repetí  varias veces, la vi enamorada, pero también tirada en su sofá con la expresión de quién lo ha perdido todo. Conocí a su gato gordo, supe que viajó a Japón hace tres años, vaya, mucho que ver, lleva años en la red social.

Pero aún con esa información, seguí con la incertidumbre de su identidad, no, no la recordaba.

Mi memoria no llegaba a todos los rostros de mis compañeros de primaría, había al menos cuatro décadas de distancia, de olvidos, de nubarrones…

-lo siento, me apena decirte que no logro ubicarte. Mía no es tu nombre real, o sí?

-  ése es mi nombre, no tengo otro, qué pena que no te guste

- así que te toca a ti invitar las cervezas, perdiste!

- jeje, ok, pero necesito saber quién eres, por favor recuérdame algo que hayamos compartido

-con quién te juntabas? Dónde vives o vivías?

-ya no vivo en la Moderna, y ya sé que tú tampoco, porque le pregunté a Osvaldo, te acuerdas de él? Me dijo que tu mamá y tú se fueron de allí cuando acabaste sexto año

-pero bueno, vamos por esas cervezas! Y allí seguimos platicando.

-conozco un lugar por General Anaya, te queda lejos? Ándale, vamos!

No tenía ganas de ir a ningún lado, si bien en días de quincena  acostumbraba a salir con amigos, era  un asunto que  había dejado de ser atractivo desde que todos nos casamos, el entusiasmo se había perdido, las charlas en torno al trabajo, problemas económicos y frustraciones de alcoba hicieron de nuestras pedas todo menos una celebración por la vida, así que dejé de verlos desde hacía bastante tiempo. Sin embargo, este asunto me había generado mucha curiosidad, cómo es que esta mujer sabe de mí y yo no logro siquiera recordar un nombre tan poco común…

-vale, veámonos

- genial! Es un lugar de pizza y cerveza, no es caro, y es divertido.

- te veo allí o dónde? Me pasas la ubicación?

-te la paso, te queda a las 7-8?

- y tu whats?...

Esa tarde llovió como nunca, Tlalpan lento, el metro igual, pero a mí lo único que me tenía ocupado era la cita con una desconocida que sabía mucho de mí. Me sentí estúpido, incluso infantil. Qué mierda estoy haciendo, pensé. Tal vez sea una broma de alguien que quiere fastidiarme, ¿por qué acepté? , sería mejor olvidarlo, darme de baja de la red social, aún no es tarde, no seas pendejo… , me dije una y otra vez.

Llegué al lugar, un sitio que había visto ya desde afuera, pero nunca llamó mi atención. Un par de mesas ocupadas, luces tenues, adornos patrios recién colocados. Qué sitio tan horrible, pensé, y las ganas de largarme me invadieron.

-Mesa para cuántos, caballero, preguntó una mesera. Y así ocupé una cerca de un pequeño escenario y una pantalla. La carta ofrecía una variedad de pizzas y bebidas,  y como dijo Mía, los precios eran accesibles, me invadió un olor  a ajo, a queso y a aromatizante Glade.

Dieron las 8, había bebido ya un par de cervezas y la mujer misteriosa no llegaba, así que le envié un whats

-Sí llegas? Estoy aquí.

Pero de inmediato lo eliminé. Era humillante, así que pedí la cuenta.

Sorpresivamente el audio del lugar se incrementó mucho, pusieron the final countdown, de Europe, y apareció un joven fornido con ropa de show man  y voz aguda

Hola, hola, hola, cómo están, bienvenidos a su lugar de ensueño, donde el talento brota como las flores en un jardín…

Portaba un micrófono en la mano y usaba unas gafas negras enormes. Nos miró con gran sonrisa a todos los presentes, para entonces no quedaba ninguna mesa disponible. Mi cuenta no llegaba, las meseras no se daban abasto. El showman empezó a repartir menús musicales en cada mesa y dijo:

El primero en elegir una canción, podrá cantar una segunda sin tener que esperar otro turno, vamos, ¿con cuál arrancamos este día  lluvioso de quincena?

-¡Yo!, gritó una mujer desde las mesa de atrás.

Bravo, muy bien, excelente, así se habla, las mujeres poniendo el ejemplo, por favor, dinos tu canción y tu nombre, dijo el mamado mientras caminaba para acercarse a la mujer.

-Hola , mi canción es Tú, y quiero dedicársela a Santiago, mi nombre es Mía.

Me quedé frío, inmóvil.

¡Suéltala DJ!

Y ella cantó, vaya, sí, cantó. Se paseó un poco frente al escenario y fue a pararse frente a mí, a cantar de una manera tan suave, tan sutil…

Te regalo mi cintura
Y mis labios para cuando quieras besar
Te regalo mi locura
Y las pocas neuronas que quedan ya…

Terminó y el público aplaudió, el showman pidió más aplausos, bravo, bravo, qué bárbaraaaaaaa…, gritaba una y otra vez.

Sí, llegué. ¡Dame un abrazo! ¡Párate!  ¡Cuánto tiempo!

Yo, turbado, confundido, y definitivamente emocionado. Ella, radiante, sexy, segura de sí.

Pinche Santiago, sonríe, ¿no te da gusto verme? Caray, me parece increíble, aquí estás.

¿Pidió la cuenta?, dijo al fin la mesera, ¡no!, gracias, no ¿qué quieres tomar, Mía? Pregunté de inmediato, y me sorprendí mirando su escote, traía una blusa  púrpura, le iba más que bien.

Quiero una bola oscura, helada como el entusiasmo de mi amigo, jajaja. ¡broma!

Yo hice la señal para pedir igual que ella.

Ya, Santi, relájate, no puedo creer que sigas teniéndome miedo, ¿te doy miedo? Y se rió una vez más, mostrando una hermosa boca de labios carmín, carnosos como  sus senos bañados en discreto y mortal perfume…

Sí, tengo miedo de no ser quien esperabas, miedo de que pienses justo lo que acabas de decir, de seguir siendo ese pichón de la primaria, tímido y sin chiste. ¡ja!

El hombre del karaoke volvió al ataque:

Y nuestra cantante púrpura nos tiene a la expectativa ¿cuál es tu segunda canción, preciosa?

No, paso, guárdame mi canción para más tarde, tengo un hombre que impresionar.

Dijo mientras acomodaba su abundante cabellera.

Vaya, pues salud, dijo mientras levantaba su cerveza helada y oscura, chocamos nuestros tarros y cruzamos miradas. 

Miré nuevamente su blusa púrpura, su abundante cabellera, y en particular, esa cicatriz  cerca de la ceja izquierda.

¿No lo puedes creer verdad?, pues sí, soy yo. Pero ya ves, cambié, crecí, me puse guapa.

¿Pero porqué Mía? Te llamas Dolores, Lola, pues…

Y qué, uno tiene derecho a ser otra, a reinventarse, o ¿no? Además se habla en todos lados de la deconstrucción, y de cambiar y ser quien tú decides. Bonita cosa esa de llamarte Dolores y tener la cara quemada. Pinche broma de dios  o del destino.

Pero ya no tienes nada, sólo esa pequeña cicatriz en la ceja.

Sí, pues pasó mucho tiempo, muchas cirugías, psicólogos, mudanzas infinitas, y así…

¿Qué piensas, te gusto? En serio. Quiero tu opinión, sí, ya sé que estamos aquí, medio en penumbra, esa es trampa de mi parte, porque a la luz del día dicen que la piel se ve un poco rara, en realidad no me importa, soy realmente hermosa, o ¿tú qué dices?

En la mesa contigua una mujer madura, entrada en carnes, de piel debilitada por el tiempo, tomó el micrófono, era notorio el peinado de salón que traía con la absoluta intención de mostrarse elegante esa noche, casi lo lograba. Con gran seguridad interpretó una canción vieja que en días recientes había regresado a la popularidad juvenil: el muchacho de los ojos trises.

¡Ay! ¡Me acaba de ganar mi segunda canción! ¡Qué injusto!  Gritó Mía con evidente frustración.

Sentí una necesidad ardiente de besarla, tomarla de los hombros y aspirar su perfume.

Dolores, en mi memoria era una compañera gordita, que nunca se quitaba el cubrebocas o la bufanda según fuera el caso, tenía quemado el rostro desde la mitad de las mejillas hasta el cuello, y otra prominente cicatriz en la ceja.  Nunca hubo razón para preguntarle lo sucedido, siempre apartada, siempre evasiva, prácticamente una sombra al fondo del aula. Una vez presentamos un trabajo en equipo, la maestra me asignó junto a ella, fue el tema de la alimentación saludable, ella hizo casi todo, me dijo, no te preocupes Santi, yo lo hago el fin de semana, me caes muy bien. Y fin, no hay más historia, el resto de nuestra convivencia en la primaria fueron saludos desde lejos  e insistentes miradas incómodas.

Su mirada directa, sus  ojos pequeños y negros, parece que preguntan, que esperan un veredicto.  Éso no ha cambiado, y mi memoria reveló esa noche el vínculo oculto.

Hola extraño ¿a dónde te llevó la memoria? ¡Vuelve! Me dijo acercando su rostro al mío.

El micrófono fue cambiando de mesa, voces frenéticas, melancólicas, desafinadas la mayoría, lamentos nocturnos. La música  es como el mar, a veces nos lleva en sus hombros pacíficamente, y en otras ocasiones descarga oleajes salvajes que destrozan cualquier embarcación, por temeraria que parezca, abismos de negrura que todo lo engullen.

Quinta ronda de tragos, Mía había movido su silla para quedar a mi costado. Pude distinguir en su rostro eso que ella mencionó como piel rara en sus mejillas, apenas perceptible.

Anda, toca, no pasa nada, no me molesta. Tomó mi mano derecha y con suavidad la posó sobre su mejilla. Hizo un delicado y breve recorrido, la sensación fue agradable, su temperatura me pareció más caliente de lo normal, su pecho mostraba una respiración acelerada. 

Un devastador sonido hizo vibrar el lugar, afuera la tormenta eléctrica descargaba relámpagos sobre el asfalto.

Se fue la luz. El lugar oscureció. Negrura total.

Mía me abrazó.

Me apretó contra su cuerpo, contra sus senos duros, perfumados. La oscuridad me da miedo, mucho miedo, dijo en voz baja. Respondí a ese abrazo, sentí su espalda desnuda, sus omóplatos delgados, frágiles. Posó su barbilla en mi hombro.

El impacto de ese relámpago  desató la fuerza natural del deseo.

Un nuevo relámpago azotó las cercanías, ella ahogó un grito, y para ello, clavó sus dientes en mi hombro, las uñas en mi espalda, su saliva fluctuante humectó mi piel…

Mis manos escalaron de los omóplatos al cuello, ella tembló e hincó los dientes con más hambre, brotó el rojo carmesí. Enloqueció…

Mis dedos tomaron mechones de su cabello ensortijado y tiré con un poco de fuerza, nos prensamos uno a otro como si de ello dependiera el seguir con vida.

Abandonando mi  hombro ensangrentado, sus labios buscaron mi boca que ya la esperaba lista para atragantarnos con las lenguas erectas, serpenteantes. Nos ahogamos de saliva, probé mi propia sangre en sus labios, seguí tirando de sus cabellos, buscó con una mano el bulto de mi entrepierna, lo apretó con violencia, traje su cuerpo hacia mí. Entre vampiros citadinos se vale morder hasta sangrar, me bebí un coctel de sudor, perfume, sangre, tiempo, memoria, desesperación y deseo.

Quédate conmigo, no me sueltes Santiago, la oscuridad nos reclama como suyos, esta noche nos pertenece, olvídate de todo, lo que el relámpago ha unido esta noche, que la tranquilidad del amanecer  no logre separarlo, murmuró a mi oído.

sábado, 15 de marzo de 2025

el asesino elegante

 


Sentado en la sala, mira el halo de luz que se filtra por la ventana y cae blandamente sobre la alfombra gris que está bajo sus pantuflas. Ahora dirige la mirada directamente a la ventana, la encuentra sucia, empañada, sin embargo, duda y se quita los lentes, los limpia con la parte baja de su playera, están grasosos. Vuelve a colocárselos y las ventanas ya lucen transparentes.

La mañana le sabe mal, no hay alguna razón consciente, no atina a saber qué es, permanece allí, mirando las motas de polvo a través de la luz solar que hace flotar lo invisible. Detrás de él están sus libros, echa una mirada sin interés, repasa algunos títulos con la memoria, pero más que recordar el contenido, intenta recordar cuándo y por qué los adquirió, quién era él en ese momento de su vida.

El aroma a café invadió el ambiente, al fin había terminado de colarse, se levantó para servirse una taza, sacó una taza del trastero, en ese momento se percató que tenía tres tazas a medio beber de días anteriores, una junto a la cafetera, otra dentro del trastero y otra más sobre la barra de la cocina. Este descubrimiento lo incomodó, representaba café desperdiciado y acumulación de trastes sucios por lavar, lo de olvidar dónde dejaba las cosas no cobró importancia para él, es mejor olvidar que almacenar frascos de mentiras en la memoria, solía decirse a sí mismo. Tras servirse, dio un breve sorbo para comprobar que lo había preparado de manera adecuada, y así fue, la mañana tomaba mejor forma.

Fue a sentarse al sofá nuevamente, se decidió por uno de los títulos y abrió cualquier página, avanzó alrededor de cinco hojas, y así logró recrear ciertos lugares, cierta luz de aquellos días durante los cuales disfrutó de esas líneas hechas de tinta. Descansó la espalda en el respaldo del sofá y bebió más café. Sintió una presencia ganando espacio en el sofá, era su gata vieja a quien él decidió llamar de muchas formas, pero su predilecta era Mistifusa, finalmente se había despertado y al no encontrarlo en la recámara, bajó para hacer de sus piernas su refugio, él sonrió y le regaló una caricia sobre el lomo plateado, no era del tipo de personas que conversan con sus animales de compañía, bastaba con un con que allí estabas, ven a comer, deja eso que no es tuyo, anda súbete pues…

La lectura de esas cinco páginas hizo efecto en su ánimo, pareció salir de la incomodidad inicial, los ojos secos parecieron hidratarse de entusiasmo, la luz de la ventana ahora era perceptible también en sus pupilas, acomodó su cuerpo para leer cómodamente y abrió nuevamente el libro, avanzó con rapidez, bebía pequeños sorbos, la luz de la ventana ya no apuntaba a la alfombra, ahora se posaba sobre la mesa de centro para iluminar otro par de tazas de café y rastros de comida en aparente mal estado, Santiago se percató de ello y se perdió tratando de recordar cuándo había dejado allí esas tazas, pero no pasó mucho pensando en ello, volvió a la lectura, la trama lo tenía absorto: un sujeto había asesinado a una anciana prestamista, y como consecuencia de su crimen, padecía de fiebres y alucinaciones…, mientras leía, se planteaba el cómo podría resolver la situación, cómo podría escapar, engañar a los curiosos.

Mistifusa bostezó y fue a su arenero, Santiago la siguió con la mirada, la gata rodeó varias veces hasta defecar sobre antiguos desechos, no había ya un espacio libre, la arena estaba plagada de heces secas, rascó para cubrir lo recién hecho, y no hizo más que botar mierda seca, después, fue a beber agua de una cubeta junto al fregadero.

No estaba tan mal el café, solía beberlo más tostado, era su preferido, pero al no haber de ese se conformó con la mezcla de la casa, pensó en el asesino de la historia, hasta esa parte de la lectura solo bebía té, lo cual le pareció demasiado elegante. Quizás yo debería de probar de vez en cuando, pensó, alguna infusión de menta, o una de granada con un poco de miel, lo pondré en la lista de la despensa, y retomó su lectura, el asesino estaba siendo investigado, ahora ya era el principal sospechoso, su temple y su capacidad discursiva le permitían seguir afirmando su inocencia, un tipo listo y elegante, pensó Santiago.

Tuvo un poco de apetito, fue a buscar un trozo de pastel que había quedado del domingo anterior, pero extrañamente no estaba donde lo había guardado, buscó en el refrigerador, luego en la mesa de la cocina, no había más que tazas, su antojo se esfumó y volvió al sofá.

Aquél hombre era todo un enigma, ya que además de asesino, parecía tener un alma noble, era un romántico, un sujeto triste y de reflexiones profundas, pensó, ojalá que el final no me desilusione, este hombre merece una segunda oportunidad, las circunstancias lo han llevado a la locura momentánea, a la fatalidad que deriva de la desesperación de quien es joven.

Con la mirada buscó a la gata, incluso la llamó, pero no hubo respuesta, a veces se posa en la ventana del baño para mirar a la casa del vecino, seguro fue allí, pensó para tranquilizarse.

El día avanzó, la lectura lo había hecho su rehén, pero tuvo la voluntad suficiente para levantarse e ir en busca de más café, se puso de pie y trastabilló, en qué momento sucedió, se preguntó, la sala estaba en total penumbra, el sol se había ido, un aroma a orines rancios penetró en sus fosas nasales, la jarra de café estaba vacía, en un rincón, la gata arañaba su comedero vacío.

 

 

 

 

 

               

 

 


sábado, 23 de noviembre de 2024

  

Los ojos de Lu

 




Será por eso que la gata  me trae recuerdos vagos, como si en otra vida hubiera conocido su leguaje, no lo sé, su mirada, pero bueno, la noche en que sentados frente a frente en la mesa del Beto´s, Lu me dijo sonriente y segura, lo que más me gusta de ti, es la cara de perro que tienes…, sí, eso me gusta de ti, pareces perro, y lo decía con sus ojos felinos, desorbitados, como mirando una polilla revolotear frente a mí.

Lu, de estatura enorme, morena, de cabello corto y puntas que cubrían su frente, otras más que curveaban desde sus orejas, jeans acampanados y ombliguera negra, al igual que el color de sus botas. Nacían los años noventas, en ese lugar tocaba un grupo de covers de rock, al sur de la ciudad eso era lo mejor que podías conseguir para una cita de viernes por la noche. Caminar junto a ella era extraño, tenía que mirarla hacia arriba, y al parecer, eso la complacía, me empujaba de vez en vez con su hombro, coqueteaba con ligera rudeza, situación que contrastaba con lo dulce de su perfume y su abrazo suave y reconfortante.

Nuestras citas eran caminatas nocturnas, fumábamos un cigarrillo tras otro, pero sin prisa. A veces, el silencio era una nube que nos envolvía. Nos sentábamos en las banquetas a mirar la luna, a hablar sobre los libros escritos por hombre muertos, a contarnos películas que ya nadie veía o que aún no descubrían otros. Ahora que su figura viene a mi memoria, pienso que era hermosa, su mirada resplandecía al mirarme, me llenaba de luz en aquellos años de oscuridad, de tristeza diaria, de miedo al incierto porvenir.

Simplemente no llamé más, ella lo hizo un par de veces y se encontró con mi furiosa tristeza, esa que es palabra muda, hiriente. Esperaba más de mí, pero la abandoné como hacía con casi todo.

Cuando la gata llegó a la casa hice lo posible por apartarla de mi lado, mis múltiples alergias siempre han sido un buen argumento para evadir lugares y personas. Pero no fue posible evitar que ésta ganara poco a poco espacio en todas las habitaciones. Mi hija decidió llamarla cometa, por el mechón blanco que lleva en la frente y que contrasta con su absoluta negrura. La encontró rondando nuestra puerta un domingo de octubre, y desde entonces está entre nosotros. Al principio me miraba desde los rincones, con ojos curiosos, a sabiendas de que yo no la llamaría para alisar su alborotado pelaje, pero ellas siempre apuestan al tiempo, a los momentos que habrán de suceder tarde o temprano.

Me quedé solo en casa, había sido una semana agotadora y decidí tirarme en la cama aprovechando la calma que se respiraba. Dormí mucho tiempo, dos o tres horas quizás, soñé situaciones absurdas, justo como son los sueños, desperté con más cansancio del inicial, así que simplemente me giré para cambiar de posición y continuar descansando, fue en ese momento cuando todo sucedió. Cometa brincó sobre mi pecho y sentí hundirme en un abismo, sentí perder la respiración y la conciencia. Desperté hasta el día siguiente, mi mujer dice que al regresar se encontró a la gata en la calle, sentada frente a la puerta, la cargó para llevarla adentro nuevamente, y al verme tan profundamente dormido decidió no contarme lo sucedido.

Todo ha cambiado en casa. Cometa pasa más tiempo en nuestra habitación que en cualquier otro espacio de la casa, mi mujer dice que durante el día se acurruca en mi almohada, y no entiende porqué la gata se mete en el cesto de la ropa sucia y saca mis camisas y demás prendas para frotarse sobre ellas.

Cometa suele estar esperando mi llegada en el balcón de la casa, baja apresurada y lame mis dedos, los olisquea, los lame, busca mi caricia sobre su lomo, se estremece para luego escalar sobre mi regazo y mirarme de frente, con esos ojos que contienen millones de colores, millones de historias, tan abiertos que pareciera que hubiera frente a mí, una polilla revoloteando.

sábado, 6 de julio de 2024

Verano en la Tierra

 




Puso los pies descalzos sobre el piso y lo sintió resbaladizo, terminó de incorporarse y fue a aumentar la potencia del ventilador, iba a volver a la cama cuando ella le dijo súbelo a una silla, así refrescará mejor, y así lo hizo. El verano no daba tregua.

Se tendió desnudo boca abajo, y a su memoria llegó esa escena en el transporte público, una semana atrás, serían las tres de la tarde y los pasajeros dormitaban entre asfixiados y deshidratados por el inclemente calor de ciudad, dos señoras platicaban mientras agitaban folders frente a sus caras, a manera de abanicos, pero aun así sudaban sin parar, y una le dice a la otra, estos calores ya duraron, y nada que llueve, dios sabrá por qué, y la otra respondió segura, esto ya no cambia, ya estamos  chingados, el infierno es en la Tierra.

Ella tenía metida la cara bajo la almohada, algo murmuró, él siguió con sus recuerdos de la semana, su temperatura corporal seguía alta, sentía sofocarse, finalmente se quedaron dormidos, arrullados por el zumbar del ventilador.

En la otra habitación un hombre mayor terminaba de rasurarse, estaba casi listo para salir, veía la televisión mientras raspaba sus mejillas con el rastrillo, se puso la camisa y ajustó la corbata marrón, se calzó los zapatos brillosos, agregó unas gotas más de colonia a su rostro y tomó la mochila que estaba junto a la puerta, apagó la televisión. Y con cierto sigilo se acercó a la pared compartida de la otra habitación, pegó la oreja, expectante, esperaba escuchar más movimientos bruscos, sollozos, agitaciones placenteras, pero sólo escuchó el leve zumbido de un ventilador.

Afuera la ciudad ardía, se hablaba de la sequía más larga de las últimas décadas, no llovería nunca más. La señora tenía razón, el infierno es en la Tierra.

Ella sacó la cabeza y se acomodó el cabello, vio que él seguía dormido boca abajo, con cuidado trepó una pierna, luego la otra y finalmente quedó sobre él, palpando con suavidad los hombros y los brazos, sus pieles volvieron a sentirse completas.

 

viernes, 15 de marzo de 2024

Ciudades nómadas

 




Aún no empezaba la primavera, pero la ciudad ardía desde hacía ya tres semanas. Los termómetros reportaban máximas de 32 grados, pero a bordo del transporte público esto era superado con creces.

Rebasados los 9 millones de habitantes capitalinos, y con la afluencia de quienes vienen por ocho horas a trabajar desde los estados circundantes, los andenes y paraderos del transporte público son ruidosos hormigueros devorando migajas de galleta con forma de ciudad.

Hordas de trabajadores, amas de casa y estudiantes luchan cuerpo a cuerpo para entrar al vagón, se despeinan, rompen sus ropas y calzado sin intención de dañar a nadie, y sin embargo sucede. He visto peleas a las 6:30 de la mañana, cuando cientos de desmañanados, con ojeras, cabello mojado, y con el estómago vacío no toleran el tropiezo o el jaloneo de mochila, pero a pesar de ello, siempre se escucharán los gritos llamando al orden: Ya cálmense cabrones, todos vamos al jale…

Y así, cada mañana, y también cada tarde, las hordas de murciélagos regresan a sus madrigueras huyendo del sol siniestro.

Hombres y mujeres dormitan de pie a falta de asientos disponibles, poco espacio, no queda posibilidad para marcar límites entre cuerpo y cuerpo.

El conductor de este viaje vespertino debe odiar al mundo, parece que quiere volcarnos y así reducir el número de habitantes. Somos sobrevivientes, hemos aprendido a soportar la asfixia, a aferrarnos a los pasamanos, y a mantener la calma.

Los que no dormitan, observan videos en su celular, usan audífonos atornillados a sus orejas, desaparecen en tanto llegan a su destino.

Esta tarde he estado observando a una pareja de mediana edad, están justo al centro de los dos trozos de camión, ella, recargada contra el acordeón plástico, él, tomado del pasamanos lateral, casi rodeando el cuerpo de ella, quien lleva una blusa con los hombros desnudos, se acomoda el cabello y sonríe, él se aproxima y solloza en su oído, besa su hombro, cierra los ojos, ella suspira, él agita un folder frente a ella a manera de abanico, ambos sudan. Ahora ella susurra al oído de él, el ríe con fuerza, ella le tapa la boca y lo regaña con la mirada de sus ojos brillantes, él toma un mechón de su cabello, lo alacia, admira su tersura, su brillo, para luego colocarlo con cuidado sobre el hombro desnudo.

Hay ciudades dentro de la ciudad de México, ciudades que transitan, ciudades nómadas. Todo sucede aquí, a bordo. Gente leyendo, otros dormitando o de plano en sueño profundo, hay quienes miran series en su celular, videos de todo tipo, quienes aprovechan para comer lo que sobró en su toper, quien compró una torta o cacahuates, los he visto bebiendo para seguir la fiesta, o para sobrevivir a la borrachera de la noche anterior, también he visto a quienes lloran leyendo mensajes de texto, a quienes indagan en la vida de otros en redes sociales, a quienes concertan citas en aplicaciones para adultos solitarios, quienes se besan intensamente, quienes se devoran antes de llegar a la estación donde sus caminos se separan, quienes se despiden con un abrazo estremecedor a manera de promesa, y los hay también suicidas, quienes se arrojan bajo las llantas de este ir y venir de historias errantes, con la esperanza, quizás, de abordar un vagón que sí los lleve a buen destino.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Degollados

 

Hace una semana degollé al padre, esta mañana, al hijo.

El padre ya estaba viejo, pero peleó más, no renunció tan fácilmente hasta dar el último aliento. Estoy seguro de que amaba más a la vida, ya que había visto más amaneceres, cuya fría humedad matutina fue engrosándole la piel y la fuerza de voluntad. Desde que vio el afilado puñal dirigiéndose a su cuello comprendió que no habría más placeres por delante.

Cuando el hijo era pequeño, el padre lo miraba con una actitud parecida al orgullo, cuidó de él, y atestiguó su sano desarrollo y paulatino fortalecimiento, vaya, es la labor de todo padre. La cosa es que realmente creció y se hizo fuerte, incluso temerario.

El padre no sangró demasiado, arrojó una sangre prieta que coaguló casi de inmediato, sería por su edad, sería por su furia, o quizás por haber nacido en tierra caliente.

De un tiempo a la fecha, la relación entre ellos sufrió un drástico cambio, al padre empezó a incomodarle la idea de que el hijo representara una competencia. Él era el macho deslumbrante, gallardo, poderoso, cómo diablos es que su hijo podría pretender robarle espacio y canto. Así que, no reparó en darle golpizas escandalosas, vaya jaleo demencial.

En más de una ocasión el hijo salió huyendo al jardín, despavorido, lastimado, pasaba las noches afuera, en algún rincón, temeroso de la furia del padre.

Antes del amanecer irrumpían en el sueño de los vecinos, cada uno a su voz y bravura anunciaban la partida de la noche, el adiós a la frescura nocturna y sus lejanos destellos. Así fue por años, su canto hizo de este barrio un sitio alejado de la vulgaridad citadina.

El calor que emana de sus cuerpos degollados emite un vapor casi agradable, aún frente a tan funesto paisaje. Abrirlos para extraer sus entrañas verdosas, amarillo cadmio, rosa alizarina, azul Prusia, rojo indio…, vísceras que dieron oxígeno a esos bellos cantos.

Los últimos meses fueron los más caóticos, quizás ante el temor de tener que enfrentar a nuevos machos, jóvenes, torpes, impetuosos, con dorado plumaje, sí, seguro debido a ello, destrozaron cada huevo nuevo, apenas la gallina se levantaba del cajón, se atropellaban para ser el primero en partir el cascarón, poner fin a toda posibilidad de competencia, de sustituto, y, por si no fuera suficiente con ello, danzaban sobre los restos del gallo no nato, gritaban eufóricos y se mostraban listos para el apareamiento eterno.

El hijo se hizo más fuerte, se adueñó de los cortejos y sus placeres, el padre intentaba doblegarlo, pero ya no fue posible. Su tiempo se había ido…

Una mañana encontré al padre hundido en el interior de un bote, con la cabeza bajo las alas, casi muerto, con cuidado lo levanté y lo llevé al jardín, había perdido un ojo, una de sus alas ya no se sostenía con la fuerza habitual. Se puso de pie con dificultad, pero en breve retomó su lastimada gallardía, cantó su regreso a la vida, picoteó el pasto, bebió agua de una lata que le acerqué, fue a refugiarse a un rincón, allí donde el hijo solía hacerlo antes de doblegar a su padre.

Esta mañana, mientras desplumaba al hijo, ya no hubo belleza. Vaya, son animales de granja, eso queda claro, pero su plumaje era de una belleza incomparable, y su canto…


jueves, 10 de agosto de 2023

Pinche Gordo

 


¡Roña! ¡es roña! qué cosa es esa de dermatitis atópica, eso ni existe, Gordo.

Eso sacas por andarte metiendo con las putas de quién sabe qué pinches embriagaderos, bien decía mamá, que en paz descanse, contigo puras vergüenzas y nada de ganancias.

La doctora del simi ni sabe curar, ponte grasa de carro o manteca de puerco como a los perros sarnosos, yo así ni de lejos te quiero ver, pareces perro viejo, todo rosa y granoso.

El Gordo se salió al patio de la casa y se sentó sobre un bote de pintura de tapa oxidada que estaba en un rincón, se rascaba la nuca enrojecida, ya sin pelo. Su hermana lo miraba asqueada desde la ventana de la cocina, la cual cerró de golpe, como temiendo que la enfermedad entrara a través de ésta.

El gordo es remero en el embarcadero Salitre, allí trabaja de miércoles a domingo, desde temprano llega a lavar las trajineras de don Polo, es veloz el cabrón, a pesar de su barriga rebosante. Una vez que termina de lavar se chinga su torta de tamal y su atole grande con doña Mencho, allí se queda a chismear un rato hasta que llega su patrón o alguno de los hijos a hacerse cargo del negocio, y allí continúan sus labores, lo mandan a reparar algún desperfecto de las trajineras, ya sea de pintura, algo que lijar, alguna silla que reforzar y demás. Nunca reniega de los mandados que le encargan, en ocasiones lava la camioneta del patrón o va por la señora al mercado o a su casa a ayudar en cualquier cosa. Pero lo que mejor hace es ir a cazar turistas. Su papá (que en paz descanse) fue un gran guía de turistas de la zona, sabía algo de inglés y un poco de francés, nadie pudo saber cómo o con quién había aprendido, él sólo respondía Aquí el chingón soy yo, así que aprendan de su padre, dicho eso se echaba a reír y prendía un cigarro marlboro, luego escupía y decía a manera de remate pinches incultos.

El Gordo le aprendió algo de los idiomas, su padre murió joven, así que no hubo mucho tiempo para más aprendizajes, pero se da sus mañas, en sus ratos libres le habla a su celular y le pide traducir a diferentes idiomas, y se pone a repetir el audio, al parecer le funciona porque logra cazar más turismo extranjero que mexicano, tiene talento para engatusar. Se inventa historias para atraer la atención de los visitantes, inventa leyendas de apariciones o cuentos de nahuales, incluso dice que ha visto a la llorona flotar de madrugada.

La más reciente hazaña que presume es que convenció a todo un camión de chinitos donar para la conservación del ajolote, y les dio como comprobantes boletos con la imagen de un ajolote que mandó imprimir en un internet a la vuelta de su casa, dicen que con lo recaudado se puso una peda colosal, hasta invitó a dos de sus valedores, acabaron en san Bartolo miados y vomitados, no se acuerdan cómo y porqué fueron para allá.

El Gordo anda en enredos con una señora, ella es del barrio de santa crucita, vende elotes y esquites en el mismo embarcadero, el Gordo dice que nel, que no es cierto, pero ya varios lo vieron dándole sus llegues cerca de los baños públicos, atrás de los tambos de agua, ya tarde, aprovechando que allí casi no hay luz.

Doña Mencho es su confidente, le sabe todos sus secretos, y por boca de ella se supo, bueno, más bien por la de su hija que no supo guardar el secreto que doña Mencho guardaba y que compartió con ella, su única hija.

Resulta que el marido de la elotera no salió bueno para dar hijos, nació con algo en su cuerpo que hace que no pueda embarazarla, que probaron varios remedios, pero ya un doctor le dijo al marido que nomás no se va a poder curar de eso. Y allí va el Gordo y que la embaraza, y ya se la sentenció la mujer, que si no le firma el terreno que le heredaron en el Capulin, que le va a decir a su marido que el Gordo la agarró a la fuerza y que hasta a la cárcel va a ir a parar. El Gordo la quiere, le dijo que se fuera con él a su casa, y ella se lo pensó un poco, y le puso de condición que corriera a su hermana con todo e hijos, porque el casado casa quiere, y que ella no estaba para soportar metiches.

El Gordo está en una encrucijada, ya hasta pensó en aventarse al canal del Toro, para que el fango se lo trague. La doctora le preguntó que si tenía preocupaciones, que si vivía con estrés y él lo negó, le mandó una pomada para su nuca, y que no se asoleara, pero él no sabe usar sombrero ni gorra, trae el pelo a casquete corto, como lo pedía su padre cuando él era niño.

Allí, sentado en su patio, se rasca con fuerza y desesperación, piensa y se imagina cargando a una criatura a la cual enseñarle cómo cazar turistas, porque ahuevo que va a ser varón, luego se pone triste y piensa qué va a decir su hermana cuando le pida que se vaya de allí, donde fueron criados juntos.

Pinche Gordo, su vida está turbia como el agua de los canales, no sabe pa dónde remar, la cosa es que ya se lo cargó la chingada, no importa pa dónde reme.

Ya te dije Gordo, báñate con harto detergente y ponte manteca porque nos vas a contagiar a todos, gritó la hermana desde la cocina.