Es una historia con situaciones raras, atmósferas extrañas, de color púrpura, nunca me imaginé formando parte de escenarios como estos, sin embargo, no me arrepiento, pese a que nunca lo hubiera planeado así. Total, quién soy yo como para ser el protagonista de alguna historia deslumbrante, no tengo ningún talento, no sé bailar, la gente me da miedo, nadie recuerda fácilmente mi nombre o mi rostro, mi apellido es menos popular que el de cualquiera, no tengo un referente en mi árbol genealógico, nunca he brillado, nací para estar a la sombra de otros, pero bueno, uno siempre cree que puede conseguir a la mujer de su sueños.
Armé un perfil de facebook, no lo hice antes porque nunca entendí la necesidad de otros para mostrar sus vidas, presumir sus viajes o leer sus situaciones sentimentales, eso no es para mí, así lo pensé por décadas, pero tras los últimos sucesos en mi vida, lo vi como una opción, y finalmente me di de alta en la plataforma. Lo hice desde el celular y seguramente acepté algo por error, ya que de inmediato me aparecieron sugerencias de amistad de personas del trabajo, personas en su mayoría detestables, pero la curiosidad me llevó a observar algunas de sus fotos, sonriendo y ocultado sus abultados cuerpos, compartiendo frases de luz, cuando son personajes malévolos en la vida real, eso me hizo reír, vaya que había mucho que ver allí, en otros perfiles me encontré con la frase Perfil Restringido, vaya, ni que fuera para tanto, seguro su lista de amigos sería similar al número de personas que los tienen en estima. Miré un poco más antes de irme a dormir, era viernes y me sentía exhausto.
Desperté cerca de las 2 de la mañana, el teléfono vibraba, quién podría ser a esas horas, pensé en mi madre. Pero no, no era una llamada ni mensajes del whats, eran notificaciones de facebook.
De qué se trata esto, no entiendo, Messenger me preguntaba que si deseaba aceptar un diálogo con Mía Gu, y esa misma Mía Gu me había enviado solicitud de amistad…
¿Mía Gu? ¿ es ése un nombre?, de inmediato miré su perfil, vaya, qué mujer tan atractiva, fotos en Tepoztlán usando un sombrero de palma, fotos afuera del Soumaya con un café de starbuck en la mano, foto en el Zócalo con las mejillas pintadas con gis tricolor, fotos en Teotihuacan, fotos en Xochimilco con una michelada atascada de gomitas y chamoy, foto en la graduación de alguien con vestido entallado y brilloso…
No la conozco, no, definitivamente. Debe ser un perfil falso, he escuchado eso con quienes saben de redes sociales. Volví a dormir, pero no pude, en mi mente aparecía el diálogo pendiente de Messenger. Así que me incorporé y acepté a riesgo de infectarme con algún virus, es decir, infectar a mi teléfono, qué más da, me dije, así que piqué y abrí el diálogo:
-Holi
-Santiago! Por dios!
-Santiago Romero, el famosísimo pichón.
-a ver ¿quién soy?
El Pichón, madre de dios, hacía décadas que nadie me llamaba así, fue en la primaria, cuando me cambiaron de escuela, cursaba el tercer grado y mi padre se fue, así que regresamos a casa de mi abuela y me convertí en el nuevo en la primaria de la colonia, en el patio no hallaba un lugar para sentarme, sentirme seguro, comer mi lunch, así que mi andar titubeante, mis pasos de voy, regreso, voy, me siento, me levanto, miro para allá, miro para adentro, en fin. Eres como los pichones que bajan al patio, me dijo el Osvaldo, nomás andas como pendejo dando vueltas, acompañado de las carcajadas de todo mi salón…
-Hola. –contesté
Pero ya no hubo respuesta, así que intenté volver a dormir.
Pasado el medio día del viernes, Mía volvió a escribir
-pero aún no sabes quién soy, verdad?
-acepta mi solicitud, para que veas mis fotos antiguas, ándale!
-si adivinas quién soy te invitó unas cervezas, te lo prometo.
Así que acepté, y de inmediato miré sus fotos, las últimas y las más antiguas, miré también sus videos de cumpleaños, de playa, los repetí varias veces, la vi enamorada, pero también tirada en su sofá con la expresión de quién lo ha perdido todo. Conocí a su gato gordo, supe que viajó a Japón hace tres años, vaya, mucho que ver, lleva años en la red social.
Pero aún con esa información, seguí con la incertidumbre de su identidad, no, no la recordaba.
Mi memoria no llegaba a todos los rostros de mis compañeros de primaría, había al menos cuatro décadas de distancia, de olvidos, de nubarrones…
-lo siento, me apena decirte que no logro ubicarte. Mía no es tu nombre real, o sí?
- ése es mi nombre, no tengo otro, qué pena que no te guste
- así que te toca a ti invitar las cervezas, perdiste!
- jeje, ok, pero necesito saber quién eres, por favor recuérdame algo que hayamos compartido
-con quién te juntabas? Dónde vives o vivías?
-ya no vivo en la Moderna, y ya sé que tú tampoco, porque le pregunté a Osvaldo, te acuerdas de él? Me dijo que tu mamá y tú se fueron de allí cuando acabaste sexto año
-pero bueno, vamos por esas cervezas! Y allí seguimos platicando.
-conozco un lugar por General Anaya, te queda lejos? Ándale, vamos!
No tenía ganas de ir a ningún lado, si bien en días de quincena acostumbraba a salir con amigos, era un asunto que había dejado de ser atractivo desde que todos nos casamos, el entusiasmo se había perdido, las charlas en torno al trabajo, problemas económicos y frustraciones de alcoba hicieron de nuestras pedas todo menos una celebración por la vida, así que dejé de verlos desde hacía bastante tiempo. Sin embargo, este asunto me había generado mucha curiosidad, cómo es que esta mujer sabe de mí y yo no logro siquiera recordar un nombre tan poco común…
-vale, veámonos
- genial! Es un lugar de pizza y cerveza, no es caro, y es divertido.
- te veo allí o dónde? Me pasas la ubicación?
-te la paso, te queda a las 7-8?
- y tu whats?...
Esa tarde llovió como nunca, Tlalpan lento, el metro igual, pero a mí lo único que me tenía ocupado era la cita con una desconocida que sabía mucho de mí. Me sentí estúpido, incluso infantil. Qué mierda estoy haciendo, pensé. Tal vez sea una broma de alguien que quiere fastidiarme, ¿por qué acepté? , sería mejor olvidarlo, darme de baja de la red social, aún no es tarde, no seas pendejo… , me dije una y otra vez.
Llegué al lugar, un sitio que había visto ya desde afuera, pero nunca llamó mi atención. Un par de mesas ocupadas, luces tenues, adornos patrios recién colocados. Qué sitio tan horrible, pensé, y las ganas de largarme me invadieron.
-Mesa para cuántos, caballero, preguntó una mesera. Y así ocupé una cerca de un pequeño escenario y una pantalla. La carta ofrecía una variedad de pizzas y bebidas, y como dijo Mía, los precios eran accesibles, me invadió un olor a ajo, a queso y a aromatizante Glade.
Dieron las 8, había bebido ya un par de cervezas y la mujer misteriosa no llegaba, así que le envié un whats
-Sí llegas? Estoy aquí.
Pero de inmediato lo eliminé. Era humillante, así que pedí la cuenta.
Sorpresivamente el audio del lugar se incrementó mucho, pusieron the final countdown, de Europe, y apareció un joven fornido con ropa de show man y voz aguda
Hola, hola, hola, cómo están, bienvenidos a su lugar de ensueño, donde el talento brota como las flores en un jardín…
Portaba un micrófono en la mano y usaba unas gafas negras enormes. Nos miró con gran sonrisa a todos los presentes, para entonces no quedaba ninguna mesa disponible. Mi cuenta no llegaba, las meseras no se daban abasto. El showman empezó a repartir menús musicales en cada mesa y dijo:
El primero en elegir una canción, podrá cantar una segunda sin tener que esperar otro turno, vamos, ¿con cuál arrancamos este día lluvioso de quincena?
-¡Yo!, gritó una mujer desde las mesa de atrás.
Bravo, muy bien, excelente, así se habla, las mujeres poniendo el ejemplo, por favor, dinos tu canción y tu nombre, dijo el mamado mientras caminaba para acercarse a la mujer.
-Hola , mi canción es Tú, y quiero dedicársela a Santiago, mi nombre es Mía.
Me quedé frío, inmóvil.
¡Suéltala DJ!
Y ella cantó, vaya, sí, cantó. Se paseó un poco frente al escenario y fue a pararse frente a mí, a cantar de una manera tan suave, tan sutil…
Terminó y el público aplaudió, el showman pidió más aplausos, bravo, bravo, qué bárbaraaaaaaa…, gritaba una y otra vez.
Sí, llegué. ¡Dame un abrazo! ¡Párate! ¡Cuánto tiempo!
Yo, turbado, confundido, y definitivamente emocionado. Ella, radiante, sexy, segura de sí.
Pinche Santiago, sonríe, ¿no te da gusto verme? Caray, me parece increíble, aquí estás.
¿Pidió la cuenta?, dijo al fin la mesera, ¡no!, gracias, no ¿qué quieres tomar, Mía? Pregunté de inmediato, y me sorprendí mirando su escote, traía una blusa púrpura, le iba más que bien.
Quiero una bola oscura, helada como el entusiasmo de mi amigo, jajaja. ¡broma!
Yo hice la señal para pedir igual que ella.
Ya, Santi, relájate, no puedo creer que sigas teniéndome miedo, ¿te doy miedo? Y se rió una vez más, mostrando una hermosa boca de labios carmín, carnosos como sus senos bañados en discreto y mortal perfume…
Sí, tengo miedo de no ser quien esperabas, miedo de que pienses justo lo que acabas de decir, de seguir siendo ese pichón de la primaria, tímido y sin chiste. ¡ja!
El hombre del karaoke volvió al ataque:
Y nuestra cantante púrpura nos tiene a la expectativa ¿cuál es tu segunda canción, preciosa?
No, paso, guárdame mi canción para más tarde, tengo un hombre que impresionar.
Dijo mientras acomodaba su abundante cabellera.
Vaya, pues salud, dijo mientras levantaba su cerveza helada y oscura, chocamos nuestros tarros y cruzamos miradas.
Miré nuevamente su blusa púrpura, su abundante cabellera, y en particular, esa cicatriz cerca de la ceja izquierda.
¿No lo puedes creer verdad?, pues sí, soy yo. Pero ya ves, cambié, crecí, me puse guapa.
¿Pero porqué Mía? Te llamas Dolores, Lola, pues…
Y qué, uno tiene derecho a ser otra, a reinventarse, o ¿no? Además se habla en todos lados de la deconstrucción, y de cambiar y ser quien tú decides. Bonita cosa esa de llamarte Dolores y tener la cara quemada. Pinche broma de dios o del destino.
Pero ya no tienes nada, sólo esa pequeña cicatriz en la ceja.
Sí, pues pasó mucho tiempo, muchas cirugías, psicólogos, mudanzas infinitas, y así…
¿Qué piensas, te gusto? En serio. Quiero tu opinión, sí, ya sé que estamos aquí, medio en penumbra, esa es trampa de mi parte, porque a la luz del día dicen que la piel se ve un poco rara, en realidad no me importa, soy realmente hermosa, o ¿tú qué dices?
En la mesa contigua una mujer madura, entrada en carnes, de piel debilitada por el tiempo, tomó el micrófono, era notorio el peinado de salón que traía con la absoluta intención de mostrarse elegante esa noche, casi lo lograba. Con gran seguridad interpretó una canción vieja que en días recientes había regresado a la popularidad juvenil: el muchacho de los ojos trises.
¡Ay! ¡Me acaba de ganar mi segunda canción! ¡Qué injusto! Gritó Mía con evidente frustración.
Sentí una necesidad ardiente de besarla, tomarla de los hombros y aspirar su perfume.
Dolores, en mi memoria era una compañera gordita, que nunca se quitaba el cubrebocas o la bufanda según fuera el caso, tenía quemado el rostro desde la mitad de las mejillas hasta el cuello, y otra prominente cicatriz en la ceja. Nunca hubo razón para preguntarle lo sucedido, siempre apartada, siempre evasiva, prácticamente una sombra al fondo del aula. Una vez presentamos un trabajo en equipo, la maestra me asignó junto a ella, fue el tema de la alimentación saludable, ella hizo casi todo, me dijo, no te preocupes Santi, yo lo hago el fin de semana, me caes muy bien. Y fin, no hay más historia, el resto de nuestra convivencia en la primaria fueron saludos desde lejos e insistentes miradas incómodas.
Su mirada directa, sus ojos pequeños y negros, parece que preguntan, que esperan un veredicto. Éso no ha cambiado, y mi memoria reveló esa noche el vínculo oculto.
Hola extraño ¿a dónde te llevó la memoria? ¡Vuelve! Me dijo acercando su rostro al mío.
El micrófono fue cambiando de mesa, voces frenéticas, melancólicas, desafinadas la mayoría, lamentos nocturnos. La música es como el mar, a veces nos lleva en sus hombros pacíficamente, y en otras ocasiones descarga oleajes salvajes que destrozan cualquier embarcación, por temeraria que parezca, abismos de negrura que todo lo engullen.
Quinta ronda de tragos, Mía había movido su silla para quedar a mi costado. Pude distinguir en su rostro eso que ella mencionó como piel rara en sus mejillas, apenas perceptible.
Anda, toca, no pasa nada, no me molesta. Tomó mi mano derecha y con suavidad la posó sobre su mejilla. Hizo un delicado y breve recorrido, la sensación fue agradable, su temperatura me pareció más caliente de lo normal, su pecho mostraba una respiración acelerada.
Un devastador sonido hizo vibrar el lugar, afuera la tormenta eléctrica descargaba relámpagos sobre el asfalto.
Se fue la luz. El lugar oscureció. Negrura total.
Mía me abrazó.
Me apretó contra su cuerpo, contra sus senos duros, perfumados. La oscuridad me da miedo, mucho miedo, dijo en voz baja. Respondí a ese abrazo, sentí su espalda desnuda, sus omóplatos delgados, frágiles. Posó su barbilla en mi hombro.
El impacto de ese relámpago desató la fuerza natural del deseo.
Un nuevo relámpago azotó las cercanías, ella ahogó un grito, y para ello, clavó sus dientes en mi hombro, las uñas en mi espalda, su saliva fluctuante humectó mi piel…
Mis manos escalaron de los omóplatos al cuello, ella tembló e hincó los dientes con más hambre, brotó el rojo carmesí. Enloqueció…
Mis dedos tomaron mechones de su cabello ensortijado y tiré con un poco de fuerza, nos prensamos uno a otro como si de ello dependiera el seguir con vida.
Abandonando mi hombro ensangrentado, sus labios buscaron mi boca que ya la esperaba lista para atragantarnos con las lenguas erectas, serpenteantes. Nos ahogamos de saliva, probé mi propia sangre en sus labios, seguí tirando de sus cabellos, buscó con una mano el bulto de mi entrepierna, lo apretó con violencia, traje su cuerpo hacia mí. Entre vampiros citadinos se vale morder hasta sangrar, me bebí un coctel de sudor, perfume, sangre, tiempo, memoria, desesperación y deseo.
Quédate conmigo, no me sueltes Santiago, la oscuridad nos reclama como suyos, esta noche nos pertenece, olvídate de todo, lo que el relámpago ha unido esta noche, que la tranquilidad del amanecer no logre separarlo, murmuró a mi oído.






.jpg)
