lunes, 2 de febrero de 2026

La noche del relámpago

 




Es una historia con situaciones  raras, atmósferas  extrañas, de color púrpura,  nunca me imaginé formando parte de escenarios como  estos, sin embargo, no me arrepiento, pese a que nunca lo hubiera planeado así. Total, quién soy yo como para ser el protagonista de  alguna historia deslumbrante, no tengo ningún talento, no sé bailar, la gente me da miedo, nadie recuerda fácilmente mi nombre o mi rostro, mi apellido es menos popular  que el de cualquiera, no tengo un referente en mi árbol genealógico, nunca he brillado, nací para estar a la sombra de otros, pero bueno, uno siempre cree que puede conseguir a la mujer de su sueños.

Armé un perfil de facebook, no lo hice antes porque nunca entendí  la necesidad de otros para mostrar sus vidas, presumir sus viajes o leer sus situaciones sentimentales, eso no es para mí, así lo pensé por décadas, pero tras los últimos sucesos en mi vida, lo vi como una opción, y finalmente me di de alta en la plataforma.  Lo hice desde el celular y seguramente acepté algo por error, ya que de inmediato me aparecieron sugerencias de amistad de personas del trabajo, personas en su mayoría detestables, pero la curiosidad me llevó a observar algunas de sus fotos, sonriendo y ocultado sus abultados cuerpos, compartiendo frases de luz, cuando son personajes malévolos en la vida real, eso me hizo reír, vaya que había mucho que ver allí, en otros perfiles me encontré con la frase Perfil Restringido, vaya, ni que fuera para tanto, seguro su lista de amigos sería similar al número de personas que los tienen en estima. Miré un poco más antes de irme a dormir, era viernes y me sentía exhausto.

Desperté cerca de las 2 de la mañana, el teléfono vibraba, quién podría ser a esas horas, pensé en mi madre. Pero no, no era una llamada ni mensajes del whats,  eran notificaciones de facebook.

De qué se trata esto, no entiendo, Messenger me preguntaba que si deseaba aceptar un diálogo con Mía Gu, y esa misma Mía Gu me había enviado solicitud de amistad…

¿Mía Gu? ¿ es ése un nombre?, de inmediato miré su perfil, vaya, qué mujer tan atractiva, fotos en Tepoztlán usando un sombrero de palma, fotos afuera del Soumaya con un café de starbuck en la mano, foto en el Zócalo con las mejillas pintadas con gis tricolor, fotos en Teotihuacan, fotos en Xochimilco con una michelada atascada de gomitas y chamoy, foto en la graduación de alguien con vestido entallado y brilloso…

No la conozco, no, definitivamente. Debe ser un perfil falso, he escuchado eso con quienes saben de redes sociales. Volví a dormir, pero no pude, en mi mente aparecía el diálogo pendiente de Messenger. Así que me incorporé y acepté a riesgo de infectarme con algún virus, es decir, infectar a mi teléfono, qué más da, me dije, así que piqué y abrí el diálogo:

-Holi

-Santiago!  Por dios!

-Santiago Romero, el famosísimo pichón.

-a ver ¿quién soy?

El Pichón, madre de dios, hacía décadas que nadie me llamaba así, fue en la primaria, cuando me cambiaron de escuela, cursaba el tercer grado y mi padre se fue, así que regresamos a casa de mi abuela y me convertí en el nuevo en la primaria de la colonia, en el patio no hallaba un lugar para sentarme, sentirme seguro, comer mi lunch, así que mi andar titubeante, mis pasos de voy, regreso, voy, me siento, me levanto, miro para allá, miro para adentro, en fin. Eres como los pichones que bajan al patio, me dijo el  Osvaldo, nomás andas como pendejo dando vueltas, acompañado de las carcajadas de todo mi salón…

-Hola.  –contesté

Pero ya no hubo respuesta, así que intenté volver a dormir.

Pasado el medio día del viernes, Mía volvió a escribir

-pero aún no sabes quién soy, verdad?

-acepta mi solicitud, para que veas mis fotos antiguas, ándale!

-si adivinas quién soy te invitó unas cervezas, te lo prometo.

  Así que acepté, y de inmediato miré sus fotos, las últimas y las más antiguas, miré también sus videos de cumpleaños, de playa, los repetí  varias veces, la vi enamorada, pero también tirada en su sofá con la expresión de quién lo ha perdido todo. Conocí a su gato gordo, supe que viajó a Japón hace tres años, vaya, mucho que ver, lleva años en la red social.

Pero aún con esa información, seguí con la incertidumbre de su identidad, no, no la recordaba.

Mi memoria no llegaba a todos los rostros de mis compañeros de primaría, había al menos cuatro décadas de distancia, de olvidos, de nubarrones…

-lo siento, me apena decirte que no logro ubicarte. Mía no es tu nombre real, o sí?

-  ése es mi nombre, no tengo otro, qué pena que no te guste

- así que te toca a ti invitar las cervezas, perdiste!

- jeje, ok, pero necesito saber quién eres, por favor recuérdame algo que hayamos compartido

-con quién te juntabas? Dónde vives o vivías?

-ya no vivo en la Moderna, y ya sé que tú tampoco, porque le pregunté a Osvaldo, te acuerdas de él? Me dijo que tu mamá y tú se fueron de allí cuando acabaste sexto año

-pero bueno, vamos por esas cervezas! Y allí seguimos platicando.

-conozco un lugar por General Anaya, te queda lejos? Ándale, vamos!

No tenía ganas de ir a ningún lado, si bien en días de quincena  acostumbraba a salir con amigos, era  un asunto que  había dejado de ser atractivo desde que todos nos casamos, el entusiasmo se había perdido, las charlas en torno al trabajo, problemas económicos y frustraciones de alcoba hicieron de nuestras pedas todo menos una celebración por la vida, así que dejé de verlos desde hacía bastante tiempo. Sin embargo, este asunto me había generado mucha curiosidad, cómo es que esta mujer sabe de mí y yo no logro siquiera recordar un nombre tan poco común…

-vale, veámonos

- genial! Es un lugar de pizza y cerveza, no es caro, y es divertido.

- te veo allí o dónde? Me pasas la ubicación?

-te la paso, te queda a las 7-8?

- y tu whats?...

Esa tarde llovió como nunca, Tlalpan lento, el metro igual, pero a mí lo único que me tenía ocupado era la cita con una desconocida que sabía mucho de mí. Me sentí estúpido, incluso infantil. Qué mierda estoy haciendo, pensé. Tal vez sea una broma de alguien que quiere fastidiarme, ¿por qué acepté? , sería mejor olvidarlo, darme de baja de la red social, aún no es tarde, no seas pendejo… , me dije una y otra vez.

Llegué al lugar, un sitio que había visto ya desde afuera, pero nunca llamó mi atención. Un par de mesas ocupadas, luces tenues, adornos patrios recién colocados. Qué sitio tan horrible, pensé, y las ganas de largarme me invadieron.

-Mesa para cuántos, caballero, preguntó una mesera. Y así ocupé una cerca de un pequeño escenario y una pantalla. La carta ofrecía una variedad de pizzas y bebidas,  y como dijo Mía, los precios eran accesibles, me invadió un olor  a ajo, a queso y a aromatizante Glade.

Dieron las 8, había bebido ya un par de cervezas y la mujer misteriosa no llegaba, así que le envié un whats

-Sí llegas? Estoy aquí.

Pero de inmediato lo eliminé. Era humillante, así que pedí la cuenta.

Sorpresivamente el audio del lugar se incrementó mucho, pusieron the final countdown, de Europe, y apareció un joven fornido con ropa de show man  y voz aguda

Hola, hola, hola, cómo están, bienvenidos a su lugar de ensueño, donde el talento brota como las flores en un jardín…

Portaba un micrófono en la mano y usaba unas gafas negras enormes. Nos miró con gran sonrisa a todos los presentes, para entonces no quedaba ninguna mesa disponible. Mi cuenta no llegaba, las meseras no se daban abasto. El showman empezó a repartir menús musicales en cada mesa y dijo:

El primero en elegir una canción, podrá cantar una segunda sin tener que esperar otro turno, vamos, ¿con cuál arrancamos este día  lluvioso de quincena?

-¡Yo!, gritó una mujer desde las mesa de atrás.

Bravo, muy bien, excelente, así se habla, las mujeres poniendo el ejemplo, por favor, dinos tu canción y tu nombre, dijo el mamado mientras caminaba para acercarse a la mujer.

-Hola , mi canción es Tú, y quiero dedicársela a Santiago, mi nombre es Mía.

Me quedé frío, inmóvil.

¡Suéltala DJ!

Y ella cantó, vaya, sí, cantó. Se paseó un poco frente al escenario y fue a pararse frente a mí, a cantar de una manera tan suave, tan sutil…

Te regalo mi cintura
Y mis labios para cuando quieras besar
Te regalo mi locura
Y las pocas neuronas que quedan ya…

Terminó y el público aplaudió, el showman pidió más aplausos, bravo, bravo, qué bárbaraaaaaaa…, gritaba una y otra vez.

Sí, llegué. ¡Dame un abrazo! ¡Párate!  ¡Cuánto tiempo!

Yo, turbado, confundido, y definitivamente emocionado. Ella, radiante, sexy, segura de sí.

Pinche Santiago, sonríe, ¿no te da gusto verme? Caray, me parece increíble, aquí estás.

¿Pidió la cuenta?, dijo al fin la mesera, ¡no!, gracias, no ¿qué quieres tomar, Mía? Pregunté de inmediato, y me sorprendí mirando su escote, traía una blusa  púrpura, le iba más que bien.

Quiero una bola oscura, helada como el entusiasmo de mi amigo, jajaja. ¡broma!

Yo hice la señal para pedir igual que ella.

Ya, Santi, relájate, no puedo creer que sigas teniéndome miedo, ¿te doy miedo? Y se rió una vez más, mostrando una hermosa boca de labios carmín, carnosos como  sus senos bañados en discreto y mortal perfume…

Sí, tengo miedo de no ser quien esperabas, miedo de que pienses justo lo que acabas de decir, de seguir siendo ese pichón de la primaria, tímido y sin chiste. ¡ja!

El hombre del karaoke volvió al ataque:

Y nuestra cantante púrpura nos tiene a la expectativa ¿cuál es tu segunda canción, preciosa?

No, paso, guárdame mi canción para más tarde, tengo un hombre que impresionar.

Dijo mientras acomodaba su abundante cabellera.

Vaya, pues salud, dijo mientras levantaba su cerveza helada y oscura, chocamos nuestros tarros y cruzamos miradas. 

Miré nuevamente su blusa púrpura, su abundante cabellera, y en particular, esa cicatriz  cerca de la ceja izquierda.

¿No lo puedes creer verdad?, pues sí, soy yo. Pero ya ves, cambié, crecí, me puse guapa.

¿Pero porqué Mía? Te llamas Dolores, Lola, pues…

Y qué, uno tiene derecho a ser otra, a reinventarse, o ¿no? Además se habla en todos lados de la deconstrucción, y de cambiar y ser quien tú decides. Bonita cosa esa de llamarte Dolores y tener la cara quemada. Pinche broma de dios  o del destino.

Pero ya no tienes nada, sólo esa pequeña cicatriz en la ceja.

Sí, pues pasó mucho tiempo, muchas cirugías, psicólogos, mudanzas infinitas, y así…

¿Qué piensas, te gusto? En serio. Quiero tu opinión, sí, ya sé que estamos aquí, medio en penumbra, esa es trampa de mi parte, porque a la luz del día dicen que la piel se ve un poco rara, en realidad no me importa, soy realmente hermosa, o ¿tú qué dices?

En la mesa contigua una mujer madura, entrada en carnes, de piel debilitada por el tiempo, tomó el micrófono, era notorio el peinado de salón que traía con la absoluta intención de mostrarse elegante esa noche, casi lo lograba. Con gran seguridad interpretó una canción vieja que en días recientes había regresado a la popularidad juvenil: el muchacho de los ojos trises.

¡Ay! ¡Me acaba de ganar mi segunda canción! ¡Qué injusto!  Gritó Mía con evidente frustración.

Sentí una necesidad ardiente de besarla, tomarla de los hombros y aspirar su perfume.

Dolores, en mi memoria era una compañera gordita, que nunca se quitaba el cubrebocas o la bufanda según fuera el caso, tenía quemado el rostro desde la mitad de las mejillas hasta el cuello, y otra prominente cicatriz en la ceja.  Nunca hubo razón para preguntarle lo sucedido, siempre apartada, siempre evasiva, prácticamente una sombra al fondo del aula. Una vez presentamos un trabajo en equipo, la maestra me asignó junto a ella, fue el tema de la alimentación saludable, ella hizo casi todo, me dijo, no te preocupes Santi, yo lo hago el fin de semana, me caes muy bien. Y fin, no hay más historia, el resto de nuestra convivencia en la primaria fueron saludos desde lejos  e insistentes miradas incómodas.

Su mirada directa, sus  ojos pequeños y negros, parece que preguntan, que esperan un veredicto.  Éso no ha cambiado, y mi memoria reveló esa noche el vínculo oculto.

Hola extraño ¿a dónde te llevó la memoria? ¡Vuelve! Me dijo acercando su rostro al mío.

El micrófono fue cambiando de mesa, voces frenéticas, melancólicas, desafinadas la mayoría, lamentos nocturnos. La música  es como el mar, a veces nos lleva en sus hombros pacíficamente, y en otras ocasiones descarga oleajes salvajes que destrozan cualquier embarcación, por temeraria que parezca, abismos de negrura que todo lo engullen.

Quinta ronda de tragos, Mía había movido su silla para quedar a mi costado. Pude distinguir en su rostro eso que ella mencionó como piel rara en sus mejillas, apenas perceptible.

Anda, toca, no pasa nada, no me molesta. Tomó mi mano derecha y con suavidad la posó sobre su mejilla. Hizo un delicado y breve recorrido, la sensación fue agradable, su temperatura me pareció más caliente de lo normal, su pecho mostraba una respiración acelerada. 

Un devastador sonido hizo vibrar el lugar, afuera la tormenta eléctrica descargaba relámpagos sobre el asfalto.

Se fue la luz. El lugar oscureció. Negrura total.

Mía me abrazó.

Me apretó contra su cuerpo, contra sus senos duros, perfumados. La oscuridad me da miedo, mucho miedo, dijo en voz baja. Respondí a ese abrazo, sentí su espalda desnuda, sus omóplatos delgados, frágiles. Posó su barbilla en mi hombro.

El impacto de ese relámpago  desató la fuerza natural del deseo.

Un nuevo relámpago azotó las cercanías, ella ahogó un grito, y para ello, clavó sus dientes en mi hombro, las uñas en mi espalda, su saliva fluctuante humectó mi piel…

Mis manos escalaron de los omóplatos al cuello, ella tembló e hincó los dientes con más hambre, brotó el rojo carmesí. Enloqueció…

Mis dedos tomaron mechones de su cabello ensortijado y tiré con un poco de fuerza, nos prensamos uno a otro como si de ello dependiera el seguir con vida.

Abandonando mi  hombro ensangrentado, sus labios buscaron mi boca que ya la esperaba lista para atragantarnos con las lenguas erectas, serpenteantes. Nos ahogamos de saliva, probé mi propia sangre en sus labios, seguí tirando de sus cabellos, buscó con una mano el bulto de mi entrepierna, lo apretó con violencia, traje su cuerpo hacia mí. Entre vampiros citadinos se vale morder hasta sangrar, me bebí un coctel de sudor, perfume, sangre, tiempo, memoria, desesperación y deseo.

Quédate conmigo, no me sueltes Santiago, la oscuridad nos reclama como suyos, esta noche nos pertenece, olvídate de todo, lo que el relámpago ha unido esta noche, que la tranquilidad del amanecer  no logre separarlo, murmuró a mi oído.

sábado, 15 de marzo de 2025

el asesino elegante

 


Sentado en la sala, mira el halo de luz que se filtra por la ventana y cae blandamente sobre la alfombra gris que está bajo sus pantuflas. Ahora dirige la mirada directamente a la ventana, la encuentra sucia, empañada, sin embargo, duda y se quita los lentes, los limpia con la parte baja de su playera, están grasosos. Vuelve a colocárselos y las ventanas ya lucen transparentes.

La mañana le sabe mal, no hay alguna razón consciente, no atina a saber qué es, permanece allí, mirando las motas de polvo a través de la luz solar que hace flotar lo invisible. Detrás de él están sus libros, echa una mirada sin interés, repasa algunos títulos con la memoria, pero más que recordar el contenido, intenta recordar cuándo y por qué los adquirió, quién era él en ese momento de su vida.

El aroma a café invadió el ambiente, al fin había terminado de colarse, se levantó para servirse una taza, sacó una taza del trastero, en ese momento se percató que tenía tres tazas a medio beber de días anteriores, una junto a la cafetera, otra dentro del trastero y otra más sobre la barra de la cocina. Este descubrimiento lo incomodó, representaba café desperdiciado y acumulación de trastes sucios por lavar, lo de olvidar dónde dejaba las cosas no cobró importancia para él, es mejor olvidar que almacenar frascos de mentiras en la memoria, solía decirse a sí mismo. Tras servirse, dio un breve sorbo para comprobar que lo había preparado de manera adecuada, y así fue, la mañana tomaba mejor forma.

Fue a sentarse al sofá nuevamente, se decidió por uno de los títulos y abrió cualquier página, avanzó alrededor de cinco hojas, y así logró recrear ciertos lugares, cierta luz de aquellos días durante los cuales disfrutó de esas líneas hechas de tinta. Descansó la espalda en el respaldo del sofá y bebió más café. Sintió una presencia ganando espacio en el sofá, era su gata vieja a quien él decidió llamar de muchas formas, pero su predilecta era Mistifusa, finalmente se había despertado y al no encontrarlo en la recámara, bajó para hacer de sus piernas su refugio, él sonrió y le regaló una caricia sobre el lomo plateado, no era del tipo de personas que conversan con sus animales de compañía, bastaba con un con que allí estabas, ven a comer, deja eso que no es tuyo, anda súbete pues…

La lectura de esas cinco páginas hizo efecto en su ánimo, pareció salir de la incomodidad inicial, los ojos secos parecieron hidratarse de entusiasmo, la luz de la ventana ahora era perceptible también en sus pupilas, acomodó su cuerpo para leer cómodamente y abrió nuevamente el libro, avanzó con rapidez, bebía pequeños sorbos, la luz de la ventana ya no apuntaba a la alfombra, ahora se posaba sobre la mesa de centro para iluminar otro par de tazas de café y rastros de comida en aparente mal estado, Santiago se percató de ello y se perdió tratando de recordar cuándo había dejado allí esas tazas, pero no pasó mucho pensando en ello, volvió a la lectura, la trama lo tenía absorto: un sujeto había asesinado a una anciana prestamista, y como consecuencia de su crimen, padecía de fiebres y alucinaciones…, mientras leía, se planteaba el cómo podría resolver la situación, cómo podría escapar, engañar a los curiosos.

Mistifusa bostezó y fue a su arenero, Santiago la siguió con la mirada, la gata rodeó varias veces hasta defecar sobre antiguos desechos, no había ya un espacio libre, la arena estaba plagada de heces secas, rascó para cubrir lo recién hecho, y no hizo más que botar mierda seca, después, fue a beber agua de una cubeta junto al fregadero.

No estaba tan mal el café, solía beberlo más tostado, era su preferido, pero al no haber de ese se conformó con la mezcla de la casa, pensó en el asesino de la historia, hasta esa parte de la lectura solo bebía té, lo cual le pareció demasiado elegante. Quizás yo debería de probar de vez en cuando, pensó, alguna infusión de menta, o una de granada con un poco de miel, lo pondré en la lista de la despensa, y retomó su lectura, el asesino estaba siendo investigado, ahora ya era el principal sospechoso, su temple y su capacidad discursiva le permitían seguir afirmando su inocencia, un tipo listo y elegante, pensó Santiago.

Tuvo un poco de apetito, fue a buscar un trozo de pastel que había quedado del domingo anterior, pero extrañamente no estaba donde lo había guardado, buscó en el refrigerador, luego en la mesa de la cocina, no había más que tazas, su antojo se esfumó y volvió al sofá.

Aquél hombre era todo un enigma, ya que además de asesino, parecía tener un alma noble, era un romántico, un sujeto triste y de reflexiones profundas, pensó, ojalá que el final no me desilusione, este hombre merece una segunda oportunidad, las circunstancias lo han llevado a la locura momentánea, a la fatalidad que deriva de la desesperación de quien es joven.

Con la mirada buscó a la gata, incluso la llamó, pero no hubo respuesta, a veces se posa en la ventana del baño para mirar a la casa del vecino, seguro fue allí, pensó para tranquilizarse.

El día avanzó, la lectura lo había hecho su rehén, pero tuvo la voluntad suficiente para levantarse e ir en busca de más café, se puso de pie y trastabilló, en qué momento sucedió, se preguntó, la sala estaba en total penumbra, el sol se había ido, un aroma a orines rancios penetró en sus fosas nasales, la jarra de café estaba vacía, en un rincón, la gata arañaba su comedero vacío.

 

 

 

 

 

               

 

 


sábado, 23 de noviembre de 2024

  

Los ojos de Lu

 




Será por eso que la gata  me trae recuerdos vagos, como si en otra vida hubiera conocido su leguaje, no lo sé, su mirada, pero bueno, la noche en que sentados frente a frente en la mesa del Beto´s, Lu me dijo sonriente y segura, lo que más me gusta de ti, es la cara de perro que tienes…, sí, eso me gusta de ti, pareces perro, y lo decía con sus ojos felinos, desorbitados, como mirando una polilla revolotear frente a mí.

Lu, de estatura enorme, morena, de cabello corto y puntas que cubrían su frente, otras más que curveaban desde sus orejas, jeans acampanados y ombliguera negra, al igual que el color de sus botas. Nacían los años noventas, en ese lugar tocaba un grupo de covers de rock, al sur de la ciudad eso era lo mejor que podías conseguir para una cita de viernes por la noche. Caminar junto a ella era extraño, tenía que mirarla hacia arriba, y al parecer, eso la complacía, me empujaba de vez en vez con su hombro, coqueteaba con ligera rudeza, situación que contrastaba con lo dulce de su perfume y su abrazo suave y reconfortante.

Nuestras citas eran caminatas nocturnas, fumábamos un cigarrillo tras otro, pero sin prisa. A veces, el silencio era una nube que nos envolvía. Nos sentábamos en las banquetas a mirar la luna, a hablar sobre los libros escritos por hombre muertos, a contarnos películas que ya nadie veía o que aún no descubrían otros. Ahora que su figura viene a mi memoria, pienso que era hermosa, su mirada resplandecía al mirarme, me llenaba de luz en aquellos años de oscuridad, de tristeza diaria, de miedo al incierto porvenir.

Simplemente no llamé más, ella lo hizo un par de veces y se encontró con mi furiosa tristeza, esa que es palabra muda, hiriente. Esperaba más de mí, pero la abandoné como hacía con casi todo.

Cuando la gata llegó a la casa hice lo posible por apartarla de mi lado, mis múltiples alergias siempre han sido un buen argumento para evadir lugares y personas. Pero no fue posible evitar que ésta ganara poco a poco espacio en todas las habitaciones. Mi hija decidió llamarla cometa, por el mechón blanco que lleva en la frente y que contrasta con su absoluta negrura. La encontró rondando nuestra puerta un domingo de octubre, y desde entonces está entre nosotros. Al principio me miraba desde los rincones, con ojos curiosos, a sabiendas de que yo no la llamaría para alisar su alborotado pelaje, pero ellas siempre apuestan al tiempo, a los momentos que habrán de suceder tarde o temprano.

Me quedé solo en casa, había sido una semana agotadora y decidí tirarme en la cama aprovechando la calma que se respiraba. Dormí mucho tiempo, dos o tres horas quizás, soñé situaciones absurdas, justo como son los sueños, desperté con más cansancio del inicial, así que simplemente me giré para cambiar de posición y continuar descansando, fue en ese momento cuando todo sucedió. Cometa brincó sobre mi pecho y sentí hundirme en un abismo, sentí perder la respiración y la conciencia. Desperté hasta el día siguiente, mi mujer dice que al regresar se encontró a la gata en la calle, sentada frente a la puerta, la cargó para llevarla adentro nuevamente, y al verme tan profundamente dormido decidió no contarme lo sucedido.

Todo ha cambiado en casa. Cometa pasa más tiempo en nuestra habitación que en cualquier otro espacio de la casa, mi mujer dice que durante el día se acurruca en mi almohada, y no entiende porqué la gata se mete en el cesto de la ropa sucia y saca mis camisas y demás prendas para frotarse sobre ellas.

Cometa suele estar esperando mi llegada en el balcón de la casa, baja apresurada y lame mis dedos, los olisquea, los lame, busca mi caricia sobre su lomo, se estremece para luego escalar sobre mi regazo y mirarme de frente, con esos ojos que contienen millones de colores, millones de historias, tan abiertos que pareciera que hubiera frente a mí, una polilla revoloteando.

sábado, 6 de julio de 2024

Verano en la Tierra

 




Puso los pies descalzos sobre el piso y lo sintió resbaladizo, terminó de incorporarse y fue a aumentar la potencia del ventilador, iba a volver a la cama cuando ella le dijo súbelo a una silla, así refrescará mejor, y así lo hizo. El verano no daba tregua.

Se tendió desnudo boca abajo, y a su memoria llegó esa escena en el transporte público, una semana atrás, serían las tres de la tarde y los pasajeros dormitaban entre asfixiados y deshidratados por el inclemente calor de ciudad, dos señoras platicaban mientras agitaban folders frente a sus caras, a manera de abanicos, pero aun así sudaban sin parar, y una le dice a la otra, estos calores ya duraron, y nada que llueve, dios sabrá por qué, y la otra respondió segura, esto ya no cambia, ya estamos  chingados, el infierno es en la Tierra.

Ella tenía metida la cara bajo la almohada, algo murmuró, él siguió con sus recuerdos de la semana, su temperatura corporal seguía alta, sentía sofocarse, finalmente se quedaron dormidos, arrullados por el zumbar del ventilador.

En la otra habitación un hombre mayor terminaba de rasurarse, estaba casi listo para salir, veía la televisión mientras raspaba sus mejillas con el rastrillo, se puso la camisa y ajustó la corbata marrón, se calzó los zapatos brillosos, agregó unas gotas más de colonia a su rostro y tomó la mochila que estaba junto a la puerta, apagó la televisión. Y con cierto sigilo se acercó a la pared compartida de la otra habitación, pegó la oreja, expectante, esperaba escuchar más movimientos bruscos, sollozos, agitaciones placenteras, pero sólo escuchó el leve zumbido de un ventilador.

Afuera la ciudad ardía, se hablaba de la sequía más larga de las últimas décadas, no llovería nunca más. La señora tenía razón, el infierno es en la Tierra.

Ella sacó la cabeza y se acomodó el cabello, vio que él seguía dormido boca abajo, con cuidado trepó una pierna, luego la otra y finalmente quedó sobre él, palpando con suavidad los hombros y los brazos, sus pieles volvieron a sentirse completas.

 

viernes, 15 de marzo de 2024

Ciudades nómadas

 




Aún no empezaba la primavera, pero la ciudad ardía desde hacía ya tres semanas. Los termómetros reportaban máximas de 32 grados, pero a bordo del transporte público esto era superado con creces.

Rebasados los 9 millones de habitantes capitalinos, y con la afluencia de quienes vienen por ocho horas a trabajar desde los estados circundantes, los andenes y paraderos del transporte público son ruidosos hormigueros devorando migajas de galleta con forma de ciudad.

Hordas de trabajadores, amas de casa y estudiantes luchan cuerpo a cuerpo para entrar al vagón, se despeinan, rompen sus ropas y calzado sin intención de dañar a nadie, y sin embargo sucede. He visto peleas a las 6:30 de la mañana, cuando cientos de desmañanados, con ojeras, cabello mojado, y con el estómago vacío no toleran el tropiezo o el jaloneo de mochila, pero a pesar de ello, siempre se escucharán los gritos llamando al orden: Ya cálmense cabrones, todos vamos al jale…

Y así, cada mañana, y también cada tarde, las hordas de murciélagos regresan a sus madrigueras huyendo del sol siniestro.

Hombres y mujeres dormitan de pie a falta de asientos disponibles, poco espacio, no queda posibilidad para marcar límites entre cuerpo y cuerpo.

El conductor de este viaje vespertino debe odiar al mundo, parece que quiere volcarnos y así reducir el número de habitantes. Somos sobrevivientes, hemos aprendido a soportar la asfixia, a aferrarnos a los pasamanos, y a mantener la calma.

Los que no dormitan, observan videos en su celular, usan audífonos atornillados a sus orejas, desaparecen en tanto llegan a su destino.

Esta tarde he estado observando a una pareja de mediana edad, están justo al centro de los dos trozos de camión, ella, recargada contra el acordeón plástico, él, tomado del pasamanos lateral, casi rodeando el cuerpo de ella, quien lleva una blusa con los hombros desnudos, se acomoda el cabello y sonríe, él se aproxima y solloza en su oído, besa su hombro, cierra los ojos, ella suspira, él agita un folder frente a ella a manera de abanico, ambos sudan. Ahora ella susurra al oído de él, el ríe con fuerza, ella le tapa la boca y lo regaña con la mirada de sus ojos brillantes, él toma un mechón de su cabello, lo alacia, admira su tersura, su brillo, para luego colocarlo con cuidado sobre el hombro desnudo.

Hay ciudades dentro de la ciudad de México, ciudades que transitan, ciudades nómadas. Todo sucede aquí, a bordo. Gente leyendo, otros dormitando o de plano en sueño profundo, hay quienes miran series en su celular, videos de todo tipo, quienes aprovechan para comer lo que sobró en su toper, quien compró una torta o cacahuates, los he visto bebiendo para seguir la fiesta, o para sobrevivir a la borrachera de la noche anterior, también he visto a quienes lloran leyendo mensajes de texto, a quienes indagan en la vida de otros en redes sociales, a quienes concertan citas en aplicaciones para adultos solitarios, quienes se besan intensamente, quienes se devoran antes de llegar a la estación donde sus caminos se separan, quienes se despiden con un abrazo estremecedor a manera de promesa, y los hay también suicidas, quienes se arrojan bajo las llantas de este ir y venir de historias errantes, con la esperanza, quizás, de abordar un vagón que sí los lleve a buen destino.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Degollados

 

Hace una semana degollé al padre, esta mañana, al hijo.

El padre ya estaba viejo, pero peleó más, no renunció tan fácilmente hasta dar el último aliento. Estoy seguro de que amaba más a la vida, ya que había visto más amaneceres, cuya fría humedad matutina fue engrosándole la piel y la fuerza de voluntad. Desde que vio el afilado puñal dirigiéndose a su cuello comprendió que no habría más placeres por delante.

Cuando el hijo era pequeño, el padre lo miraba con una actitud parecida al orgullo, cuidó de él, y atestiguó su sano desarrollo y paulatino fortalecimiento, vaya, es la labor de todo padre. La cosa es que realmente creció y se hizo fuerte, incluso temerario.

El padre no sangró demasiado, arrojó una sangre prieta que coaguló casi de inmediato, sería por su edad, sería por su furia, o quizás por haber nacido en tierra caliente.

De un tiempo a la fecha, la relación entre ellos sufrió un drástico cambio, al padre empezó a incomodarle la idea de que el hijo representara una competencia. Él era el macho deslumbrante, gallardo, poderoso, cómo diablos es que su hijo podría pretender robarle espacio y canto. Así que, no reparó en darle golpizas escandalosas, vaya jaleo demencial.

En más de una ocasión el hijo salió huyendo al jardín, despavorido, lastimado, pasaba las noches afuera, en algún rincón, temeroso de la furia del padre.

Antes del amanecer irrumpían en el sueño de los vecinos, cada uno a su voz y bravura anunciaban la partida de la noche, el adiós a la frescura nocturna y sus lejanos destellos. Así fue por años, su canto hizo de este barrio un sitio alejado de la vulgaridad citadina.

El calor que emana de sus cuerpos degollados emite un vapor casi agradable, aún frente a tan funesto paisaje. Abrirlos para extraer sus entrañas verdosas, amarillo cadmio, rosa alizarina, azul Prusia, rojo indio…, vísceras que dieron oxígeno a esos bellos cantos.

Los últimos meses fueron los más caóticos, quizás ante el temor de tener que enfrentar a nuevos machos, jóvenes, torpes, impetuosos, con dorado plumaje, sí, seguro debido a ello, destrozaron cada huevo nuevo, apenas la gallina se levantaba del cajón, se atropellaban para ser el primero en partir el cascarón, poner fin a toda posibilidad de competencia, de sustituto, y, por si no fuera suficiente con ello, danzaban sobre los restos del gallo no nato, gritaban eufóricos y se mostraban listos para el apareamiento eterno.

El hijo se hizo más fuerte, se adueñó de los cortejos y sus placeres, el padre intentaba doblegarlo, pero ya no fue posible. Su tiempo se había ido…

Una mañana encontré al padre hundido en el interior de un bote, con la cabeza bajo las alas, casi muerto, con cuidado lo levanté y lo llevé al jardín, había perdido un ojo, una de sus alas ya no se sostenía con la fuerza habitual. Se puso de pie con dificultad, pero en breve retomó su lastimada gallardía, cantó su regreso a la vida, picoteó el pasto, bebió agua de una lata que le acerqué, fue a refugiarse a un rincón, allí donde el hijo solía hacerlo antes de doblegar a su padre.

Esta mañana, mientras desplumaba al hijo, ya no hubo belleza. Vaya, son animales de granja, eso queda claro, pero su plumaje era de una belleza incomparable, y su canto…


jueves, 10 de agosto de 2023

Pinche Gordo

 


¡Roña! ¡es roña! qué cosa es esa de dermatitis atópica, eso ni existe, Gordo.

Eso sacas por andarte metiendo con las putas de quién sabe qué pinches embriagaderos, bien decía mamá, que en paz descanse, contigo puras vergüenzas y nada de ganancias.

La doctora del simi ni sabe curar, ponte grasa de carro o manteca de puerco como a los perros sarnosos, yo así ni de lejos te quiero ver, pareces perro viejo, todo rosa y granoso.

El Gordo se salió al patio de la casa y se sentó sobre un bote de pintura de tapa oxidada que estaba en un rincón, se rascaba la nuca enrojecida, ya sin pelo. Su hermana lo miraba asqueada desde la ventana de la cocina, la cual cerró de golpe, como temiendo que la enfermedad entrara a través de ésta.

El gordo es remero en el embarcadero Salitre, allí trabaja de miércoles a domingo, desde temprano llega a lavar las trajineras de don Polo, es veloz el cabrón, a pesar de su barriga rebosante. Una vez que termina de lavar se chinga su torta de tamal y su atole grande con doña Mencho, allí se queda a chismear un rato hasta que llega su patrón o alguno de los hijos a hacerse cargo del negocio, y allí continúan sus labores, lo mandan a reparar algún desperfecto de las trajineras, ya sea de pintura, algo que lijar, alguna silla que reforzar y demás. Nunca reniega de los mandados que le encargan, en ocasiones lava la camioneta del patrón o va por la señora al mercado o a su casa a ayudar en cualquier cosa. Pero lo que mejor hace es ir a cazar turistas. Su papá (que en paz descanse) fue un gran guía de turistas de la zona, sabía algo de inglés y un poco de francés, nadie pudo saber cómo o con quién había aprendido, él sólo respondía Aquí el chingón soy yo, así que aprendan de su padre, dicho eso se echaba a reír y prendía un cigarro marlboro, luego escupía y decía a manera de remate pinches incultos.

El Gordo le aprendió algo de los idiomas, su padre murió joven, así que no hubo mucho tiempo para más aprendizajes, pero se da sus mañas, en sus ratos libres le habla a su celular y le pide traducir a diferentes idiomas, y se pone a repetir el audio, al parecer le funciona porque logra cazar más turismo extranjero que mexicano, tiene talento para engatusar. Se inventa historias para atraer la atención de los visitantes, inventa leyendas de apariciones o cuentos de nahuales, incluso dice que ha visto a la llorona flotar de madrugada.

La más reciente hazaña que presume es que convenció a todo un camión de chinitos donar para la conservación del ajolote, y les dio como comprobantes boletos con la imagen de un ajolote que mandó imprimir en un internet a la vuelta de su casa, dicen que con lo recaudado se puso una peda colosal, hasta invitó a dos de sus valedores, acabaron en san Bartolo miados y vomitados, no se acuerdan cómo y porqué fueron para allá.

El Gordo anda en enredos con una señora, ella es del barrio de santa crucita, vende elotes y esquites en el mismo embarcadero, el Gordo dice que nel, que no es cierto, pero ya varios lo vieron dándole sus llegues cerca de los baños públicos, atrás de los tambos de agua, ya tarde, aprovechando que allí casi no hay luz.

Doña Mencho es su confidente, le sabe todos sus secretos, y por boca de ella se supo, bueno, más bien por la de su hija que no supo guardar el secreto que doña Mencho guardaba y que compartió con ella, su única hija.

Resulta que el marido de la elotera no salió bueno para dar hijos, nació con algo en su cuerpo que hace que no pueda embarazarla, que probaron varios remedios, pero ya un doctor le dijo al marido que nomás no se va a poder curar de eso. Y allí va el Gordo y que la embaraza, y ya se la sentenció la mujer, que si no le firma el terreno que le heredaron en el Capulin, que le va a decir a su marido que el Gordo la agarró a la fuerza y que hasta a la cárcel va a ir a parar. El Gordo la quiere, le dijo que se fuera con él a su casa, y ella se lo pensó un poco, y le puso de condición que corriera a su hermana con todo e hijos, porque el casado casa quiere, y que ella no estaba para soportar metiches.

El Gordo está en una encrucijada, ya hasta pensó en aventarse al canal del Toro, para que el fango se lo trague. La doctora le preguntó que si tenía preocupaciones, que si vivía con estrés y él lo negó, le mandó una pomada para su nuca, y que no se asoleara, pero él no sabe usar sombrero ni gorra, trae el pelo a casquete corto, como lo pedía su padre cuando él era niño.

Allí, sentado en su patio, se rasca con fuerza y desesperación, piensa y se imagina cargando a una criatura a la cual enseñarle cómo cazar turistas, porque ahuevo que va a ser varón, luego se pone triste y piensa qué va a decir su hermana cuando le pida que se vaya de allí, donde fueron criados juntos.

Pinche Gordo, su vida está turbia como el agua de los canales, no sabe pa dónde remar, la cosa es que ya se lo cargó la chingada, no importa pa dónde reme.

Ya te dije Gordo, báñate con harto detergente y ponte manteca porque nos vas a contagiar a todos, gritó la hermana desde la cocina.

martes, 4 de julio de 2023




 La cicatriz

Es una mancha que tengo desde hace muchos años, sí, se ve rara, parece quemadura, y hay quienes, los más fantasiosos, me han dicho que parece un tatuaje, y, con el tiempo, coincido con esta idea, es una especie de tatuaje, de marca, de símbolo.

¿pero cómo te salió, qué edad tenías, qué andabas haciendo?...

Con el tiempo decidí que manejaría una sola versión de los hechos, ya que, resultaba agotador inventar diferentes historias sobre la tragedia de la cicatriz-mancha de mi brazo izquierdo:

Pues de pequeño era muy inquieto, curioso, metiche. Estaban haciendo arreglos en casa, y los albañiles utilizaban chapopote caliente, y por metiche se me derramó en el brazo y se llevó mi piel y el tejido graso, por eso se ve así, todo raro, con la mancha extraña, y las venas casi de fuera…

Y pues, esta mañana la pregunta volvió a repetirse, y la explicación volvió a darse en el pasillo de la oficina, el curioso quedó satisfecho. Antes de volver a su sitio me dijo, yo no había notado tu cicatriz, pero escuché a doña Vicenta decirle al de la entrada que lo de tu brazo no era cicatriz, sino una mancha de granada, ese fruto de pulpa roja…

Vaya, en tantos años nadie había puesto en duda mi versión, ni las versiones anteriores. Así que, mancha de granada de pulpa roja. Vaya, qué recuerdos.

Como todos, yo también tuve otra vida, en otro lugar, bajo otro cielo.

La vida en el campo es vivir a cielo abierto, con los pulmones llenos de oxígeno, con aroma a hierba, a eucalipto, a abono de puercos y de gallinas, a leche bronca, a maíz y caldito con chile.

Las noches son frías y brillantes, cristales destellan por doquier en la inmensa negrura del cielo. El viento zarandea la cabellera de los ahuejotes y los cedros. Desbarata los nidos de las aves, levanta las faldas y arranca los tendederos con todo y ropa.

El viento la llevó a mí.

La lámina de su techo se elevó por los aires y fue a caer a mi patio. Me asomé a la ventana y allí estaba ella, jalando la lámina partida, salí apresurado con la intención de ayudarla. Caminamos hasta su casa, dice que fue siguiendo con la mirada por dónde iba a caer su lámina, y que se había asomado a otras tres casas antes de mi patio. Nos conocíamos desde niños, pero nunca jugamos juntos.

Tiene aroma a naranja, o a mandarina. La cosa es que huele bien. Y por accidente toqué su mano cuando agarré la lámina, y la sentí suave, muy suave, me quedó su olor en los dedos.

Coloqué la lámina en su lugar y le encimé tabiques para que el viento no se la llevara de nuevo, ella me miraba directo a los ojos, como miran quienes no dudan, quienes no temen.

Ya, ya, tanto tabique, se nota que no quieres que vaya otra vez a darte lata cuando haga viento. Dijo así, de golpe ella.

Bajó del techo y ella le ofreció un vaso de aguardiente. Brindaron y se sentaron a mirar el final del día. Bebieron la botella entera, son aguantadores, así es en el campo, no puedes titubear, hay que resistir las sequías y los temporales.

A ti te hace falta una mujer, y a mí un hombre, pero ni hablar, no se puede, tú lo sabes, y yo lo sé.

Anda, ya vete, no sea que nos ganen las ganas.

Una garza bruja chilló en el ahuejote del patio, allí anidan esas aves raras. Ambos se sobresaltaron con el chillido y después se rieron a carcajadas, pinche pájaro cabrón, dijo ella. Pues otro trago pal susto, dijo él. Y ella, con su mirada directa, lo escudriñó cráneo adentro y le dijo, te advierto que no se va poder, no es que no me den ganas, a lo mejor sí, pero mi sangre no se quita tan fácil. Así que mejor no, ya vete.

Yo nomás quiero seguir bebiendo fuego, tu sangre no se me antoja. Ándale, traite otro de ésos, que mañana quién sabe.

Llegó la lluvia, era verano. Adentro, los golpes del agua sobre las láminas son escandalosos, no se puede escuchar música, ni platicar, a menos que te acerques mucho al otro.

Se mordieron como perros, luego lamieron sus heridas, se echaron uno junto a otro hasta sincronizar su respiración, hasta entibiar sus cuerpos.

Se levantó y se miró frente al espejo, bañado en pulpa roja de granada, olorosa, aroma dulce que se confunde con la mandarina y la naranja…

Se fue de madrugada, todavía chispeaba.


jueves, 25 de mayo de 2023

Maíz azul


 

A veces las historias se acaban, así como cuando el hombre de la milpa busca en su morral para echar más semilla al surco y se percata que ahora no queda más, que ya arrojó todas, y que no queda más que esperar a que el maicito nazca con el favor de las lluvias, por días, semanas y meses, que crezca y dé su fruto, que venga el sol a lustrar sus hojas largas y verdes, que corone y dore su espiga, y que abrace el palpitar de las nuevas mazorcas. Así, justo así el hombre de las historias se sienta a esperar la llegada de la tarde y de las noches, la llegada de las madrugadas eternas, y de las mañanas tibias.

Mientras tanto hurga en sus fosas nasales, se arranca los bellos más largos, se corta las uñas de los pies callosos, de tanto mirarse descubre nuevas manchas en su piel seca.

Sentado espera. En la barra de la cantina, mientras bebe su vodka, da sorbos a su caldo de camarón y algo más que han traído de la cocina.

Aburrido en el metrobus, ahogado en el calor de la tarde, entre los humores del trajín citadino, suda y espera. Observa rostros secos como el suyo, y otros llenos de fresco verdor. Ojalá lloviera en estos días…

De pie, en el microbus destartalado, de asientos brevísimos y ventanas selladas, se asfixia, y espera. Sus compañeros de viaje, agotados, dormitan, se sacuden a cada bache, a cada giro de volante, vienen de librar batallas, otros apenas van.

Se acerca al barrio, y desde el puente vehicular mira el paisaje urbano, composición accidentada, collage de concreto y tendederos, luces de ventanas lejanas, ya hay quien llegó a casa a pesar de todo. Rumor de autos y ladridos…

A pie la espera es diferente, a ritmo propio. Recuerda sus caminatas al final de su segunda década de vida, a tientas, como hasta ahora, pero con más preguntas, y el corazón más carmín, no tan rosa alizarina como el de ahora. Ardía en la hoguera de la incertidumbre, lo estrangulaba el inasible horizonte. Pero ya esperaba, sin saberlo, sin comprender el sentido de la pira interior.

Ya llegará la lluvia, ya sentirá el rumor del mar lejano, para que así, las historias despierten como langostas, como flores de cactácea de un día.


Ilustración original de Juan Carlos Trejo G.

miércoles, 18 de enero de 2023

Tabaco quemado

 


     Había pasado ya una semana, y el saco que pendía al interior del clóset en su recámara aún despedía aroma a cigarrillo. Lo descolgó y lo sacudió con fuerza, lo acercó a su nariz y aspiró largamente. No sólo era el tabaco quemado, había allí rastros de algo más…

¿José Luis? Pronunció para sí. Es un nombre común, será que me parezco a cualquiera, no tengo una personalidad desarrollada, propia, única…

Era su día libre, tenía oportunidad de salir a pasar la tarde y la noche a donde más le complaciera, pero a diferencia de otros días, estaba ligeramente atascado en el espacio.

Bajó de su departamento y se dirigió al OXXO, pidió una botella de agua de litro y medio, y regresó a casa. Destapó el agua y con ella regó las dos macetas que adornaban la estancia, fue a la cocina, y de un cajón sacó una botella de Smirnof, la vació en donde antes había agua, para meterla ahora al congelador. Antes de dejar seca la botella de vodka se sirvió en un vaso hasta el tope.

Se tiró en el sofá y dio alegres sorbos a su vaso.

-Sí eres José Luis, ¿verdad?

Le había soltado de golpe una chica cuando el mesero le estaba entregando su trago, él, sorprendido y confundido agradeció al mesero al tiempo que elaboraba la respuesta, pero tardó tanto en responder que ella simplemente le besó la mejilla.

-Caray, no mentías cuando dijiste que frecuentabas este lugar. Espera, voy por mi prima, estamos en la mesa grande, venimos en tour de cantinas, y se fue al fondo del lugar, y él aún no lograba elaborar una disculpa que sirviera para aclarar la confusión. La joven mujer era de cara redonda, cabellos rojos y piernas largas…

Se levantó del sofá y fue por su celular, lo había dejado cargando en su recámara. Abrió el historial de conversaciones y allí leyó nuevamente el último mensaje de Aline: Y qué más da si no te llamas José Luis, Yo puedo no ser Aline, pero mi aroma sigue siendo ése que te gustó, y mis besos seguirán teniendo sabor a dulce mentira, como tú dijiste. ¿Llegaste bien? 04:47 am

Se quedó dormido media hora, al despertar se puso de pie y sacó del congelador la botella con el vodka helado. La tarde estaba soleada, tomó su morral tejido que compró en Oaxaca, metió un libro, la botella y echó llave al departamento. Caminó a la estación Xola, de pie en el vagón del metro, sacó su botella y dio un par de tragos refrescantes, miró los logos de las estaciones planeando la ruta a seguir.

-Mira, es mi prima Aline, ¿nos podemos sentar?

José Luis aceptó señalando las sillas vacías que rodeaban su mesa.

-Vaya coincidencia que justo hoy vinieras a este lugar José Luis, le estoy enseñando a mi prima su ciudad, porque no la conoce, bueno, sólo la parte fresa, ya sabes, esos lugares que te sugieren en el Time Out y en la revista Chilango.  Somos de la misma edad, aunque todos dicen que yo me veo mayor, crecimos juntas aquí, hasta que yo me fui a Monterrey.

-ah, ya veo, y ¿Qué tal el tour de cantinas? ¿la están pasando bien?

Justo en ése momento, la mentira se afianzó para convertirse en una realidad alterna. Y en esa cantina, a las 8 de la noche, fue bautizado con vodka, con el nombre de José Luis. De no dar el paso hacia esa realidad alterna, la noche no le pudo haber ofrecido más que un paisaje de rostros anónimos, y un ir y venir de vasos llenos y después vacíos.

-Le dije a Aline, ese del saco beige se parece mucho a José Luis, y me dijo, ay Sam, pues acércate y pregúntale, y te estuve mirando un ratito, pero cuando te levantaste al baño y te vi con el morralito que cargas, dije, sí es. Y por eso me animé.

- ¿Pero por qué el morralito Sam? ¿No es una referencia más segura reconocer a alguien por el rostro? O de qué me perdí prima…

-¿ Las señoritas toman algo? Preguntó el mesero.

- Estamos con los del tour, dijo Aline, creo que ya nos vamos, gracias.

José Luis sintió alivio, volvería a ser quien es, a observar sin hablar, a beber sin prisa, a montar en el lomo de la memoria, pero ese alivio fue breve, casi inexistente, apenas una coma. Ya que Samantha cambió una vez más el sentido de las cosas, abrió una nueva puerta a la noche.

- Ay Aline, creo que sólo nos faltan dos cantinas, y ese tipo ya me cayó mal. Nos dijeron que conoceríamos la bohemia del centro histórico, y salen con que una copa por lugar y que de preferencia no interactuemos con los clientes porque aquí es muy peligroso. Yo prefiero quedarme. Bueno, si no tienes planes José Luis, igual y estás esperando a alguien y nosotras invadiendo todo.

- No, no. Vine a beber solo, si gustan pueden quedarse, no hay problema. Además, aquí el trago es barato, por eso vengo.

- sí, eso me dijiste hace dos años, ¿te acuerdas? Cuando estaba en la entrada de este lugar y te pregunté que si lo recomendabas. Sí te acuerdas, ¿no? Ya venías con tres copas encima…

Dijiste algo así como “depende qué sea lo que estás buscando, la botana es poca, el lugar se está cayendo de viejo, los tragos son baratos, en la rockola hay música del fonógrafo, y la noche nunca termina, por eso vengo cada que puedo…”

Aún a bordo del metro, y tarareando versos de una canción de José José, se metió otros largos sorbos de vodka helado que se desbordaron dentro de ese cuerpo transeúnte. Se sintió como un parásito viejo anidando en el interior de un gusano color naranja que carcome día a día la ciudad grisácea. Entre los favores del alcohol, el que más valoraba es ése, el de abrir puertas, bajo las mesas, entre las pupilas, entre las piernas, entre el bullicio, y entre las calles desiertas de una noche cualquiera. Gracias a ello, había conocido seres extraños, maravillosos, sabores indescifrables, e incluso túneles que conectan la ciudad de un punto a otro, y que, de día son imperceptibles, o que quizás, simplemente desaparecen.

Recuerda haber salido de la cantina y ser alcanzado por Aline, ella lo detuvo diciéndole, José Luis, te estoy gritando desde hace dos cuadras, ¿por qué te vas así? Dijiste que iríamos a bailar.

-Ya te dije que no me llamo José Luis, además ya no traigo dinero, voy a un cajero, vete con tu prima.

Pero ella insistió en acompañarlo, le llamó al celular a Samantha y lo tomó del brazo. José Luis tropezaba con las banquetas y las coladeras chipotudas. Su estado de ansiedad que lo había hecho salir de la cantina abruptamente, empezaba a ceder. Aline encendió un cigarrillo, se arregló el cabello, él respiró hondo, se talló la cara con ambas manos. Acoplaron sus pasos, un poco sus cuerpos.

Desde que Aline tomó asiento en la cantina, José Luis percibió el aroma, si bien había perfume en ese cuerpo, el otro aroma era superior. Ella, de estatura media, Jeans ajustados y deslavados, blusa con los hombros desnudos, y cazadora color vino y abundante cabellera en libertad, ocupó de inmediato la atención del anfitrión involuntario.

Platicaron y bebieron por horas, depositaron monedas para escuchar todo tipo de música, el lugar estaba lleno, había que gritar para platicar; pero los tragos, las risas, las muecas y el contacto corporal fueron los medios más eficientes para su convivencia, y para todos los allí presentes.

Y sí, del cajero, se fueron a bailar. Eufóricos, llenos de deseo y libertad. Sus cuerpos buscaron desesperados un lugar para seguir, para eternizar la brevedad, y lo hallaron. En un instante estaban dentro de ese sitio desconocido, un vagón fantasma, un ático, una cápsula espacial perdida…

Tabaco quemado, pensó. Una semana de estar paladeando con la memoria ese sabor. Al igual que un catador de vinos llega a un veredicto de los componentes y notas de una cosecha, este hombre, concluía que le fue regalado un nuevo sabor, y con ello, una nueva sensación, y una imagen incrustada en la memoria. Se robó con las dos manos un trozo de la noche. Se relamió los dedos y las uñas, aspiró todo de ella, incluido el tabaco que había en el aire, entre sus cabellos y en la espesa saliva que manaba de su pequeña boca. Ambos se entregaron al sabor de sus geografías epidérmicas, y aún más.

No debí ser yo, esa experiencia la robé a otro, sin embargo, estoy hundido en ese mar, pensó. ¿Quién chingados es José Luis?, pobre cabrón, de lo que se perdió, o no sé, quizás se salvó…

Uno nunca sabe a qué aguas se arroja, a qué corrientes se entrega. Pero estaba hecho.

Salió a la superficie en Bellas Artes. Siguió bebiendo de su botella reciclada. Caminó rumbo al Eje Norte, a paso lento. A José Luis le gusta el anonimato, solo una ciudad tan monstruosa puede brindarle la posibilidad de tener el rostro de nadie o de cualquiera. Ya que, de eso se trata el vivir en las grandes urbes, piensa él, se trata de perderse en la multitud, de abandonarse al movimiento de las cosas, de entrar en una estación y aparecer en el extremo contrario, donde quizás, seas otro, y que, sin embargo, te reconozcan o te reinventen. A esas horas, él ya estaba con el vodka hasta la Luna.

viernes, 8 de abril de 2022

CARNE DE BARRIO

 




No era más que carnada, y picó el pez dorado.

Este barrio no es gran cosa, y pese a ello, ese amontonadero de pisos, de fachadas chimuelas, es de todas, la más derruida. Uno bien pudiera pensar que ese pedazo de barrio es refugio de los excluidos de cualquier paraíso.

Por las mañanas, los habitantes asoman sus rostros por las pequeñas ventanas sin vidrios. Ojos hundidos, cabellos secos y en rebeldía. Dan breves pasos soportando la maldición de vivir sobre un trozo de madera en el mar abierto citadino. He contado tres adultos varones, de los cuales, uno es menos viejo de lo que se mira, dos mujeres que parieron hijos antes de terminar la pubertad, y un puñado de niños  tirados en el piso, frente a su fachada, junto a los perros.

Los he visto por las tardes, sentados en el viejo sofá colocado entre costales de pet y caca de perro, frente a la fachada. Arman buenos porros, mismos que chupan con devoción santa. Son más flacos que sus perros, tallan sus miembros sin reparo, beben de cualquier botella y la guardan para inhalar chingón.

Ellas cocinan con trozos de madera, a veces sale humo prieto, con aroma a plástico, y allí cuecen lo de todos los días. Escuchan música a todas horas, su bocina tiene foquitos y suena con fidelidad.

A diferencia de los hombres, a ellas se les ve apresuradas, pero con cadencia. Sus cuerpos son amplios y, pese a usar pijama hasta media tarde, sus cuerpos vencen lo holgado de las telas. Su sangre late con fuerza, las numerosas crías delatan la danza de la fertilidad y el apareamiento.

Los niños mean y cagan junto al sofá, o sobre los costales de pet, los perros los olfatean y tiran un chisguete de meados para reafirmar que la calle es suya. El baño está allí, a un costado de la entrada principal, y cuando paso escucho cómo caen los jicarazos de agua cuando alguien se está bañando, y a veces se huele el shampo dulzón de ellas.

Los hombres trepan a la azotea, y desde allí miran cómo la tarde cae sobre el barrio. Atizan y rascan sus cráneos polvosos. Su gesto acusa recuerdos de largos encierros, de agónicas noches de hacinamiento.

Hay lazos amarrados que van de los barrotes de las ventanas a un palo largo, enterrado en un hoyo del pavimento. Tienden las cobijas y demás ropa lavada.

Esa tarde la ropa desprendía un aroma a suavizante, tal vez downy rosa o algo similar. Las prendas lo merecían. Brasieres, calzones y tangas formaban una fila de colores blanco, negro y rojo.

Semejante paisaje fetichista no es fácil, uno cae ante la trampa de la poderosa imaginación.

Y como dije al inicio, no era más que carnada, y picó el pez dorado.

Salvador regresaba de la escuela, cuando miró la tanga roja en particular. Pensó en los secretos guardados en una prenda tan diminuta, en las nalgas calientes de sus vecinas. La lujuria del jovencillo palpitó fuerte. Quiso mirar más cerca, y quizás oler, aunque sólo fuera el aromatizante y no los jugos de la fertilidad. Simuló amarrar sus agujetas para detenerse justo allí, bajo ese trozo de rojo que goteaba pecado recién lavado. Miró desde abajo, cual astrónomo estudiando a Marte en cielo despejado.

Hola Chavita, ¿Qué tanto miras? Le dijo la dueña de esa bandera roja, que anuncia marea alta.

¿Yo?, no, nada.

Ja, ja, ja. Si hasta parece que te lo quieres robar, y luego yo qué hago, con que varo me compro otra tanguita, ¿me la vas a comprar tú, Chavita?

Y como babuino hambriento, se descolgó de la azotea el varón más correoso. Salvador lo ubicaba por el tatuaje de payaso triste en el cuello.

No muy guapo, mijo, ¿qué vergas se le perdió?

Se quiere robar mis calzones, dijo la mujer, se la ha de querer jalar el pinche escuincle.

Salvador quiso caminar, pero el correoso lo agarró del brazo. ¿me vas a robar a mí? Ya pisaste mierda. Lo arrastró al interior del baño, y pudo percibir el aroma a shampo de coco, tirado en el piso, el sujeto le quitó los tenis, el celular y el dinero de los bolsillos, allí mismo se le cayó el baucher y la tarjeta de la beca de estudiante recién sacada del cajero. El hombre se apresuró a guardarse todo al tiempo que cacheteaba a Salvador.

Luego lo arrojó a la calle y le mentó su madre.

 

sábado, 11 de diciembre de 2021

 

 BRUMA




A bordo del metrobús, que como de costumbre estaba totalmente lleno de pasajeros, y respirando aire caliente bajo el cubrebocas, alcanzó a mirar entre un par de cabezas somnolientas el paisaje que esa mañana les regalaba el amanecer de noviembre. Por breves instantes la ruta del metrobús se eleva por arriba de la ciénega de cuemanco, que esa mañana estaba amasada por una blanquecina bruma. El vaho del otoño navegando sin prisa tomó a todos los pasajeros por sorpresa.

La caricia del vaho sobre nuestros ojos resecos, pensó él. Nada tan lejano al áspero concreto de los paisajes cotidianos de esta ciudad, que hieren y exorcizan ilusiones…

La bruma se le incrustó cráneo adentro.

Llegó la quinta ronda de cerveza. El tarro lucía una corona brumosa.

Ella regresaba del sanitario. Su ámbar silueta era una ola calma en dirección suya, pero como toda ola, bien pudo cambiar su ruta y perderse, sin embargo, llevó caracoles y pequeños peces de colores hasta su mesa. Él le entregó una amplia sonrisa y unos ojos acuosos, acuáticos, quizás.

Brindaron una vez más, esta ocasión fue por la coincidencia de los números, antes había sido por la sal de las tierras del sur. Un poco del salitre de los manantiales, y otro tanto por los manglares.

¿Qué hay en la vida sino tramposas coincidencias?

Su palma ya había incursionado sobre el hombro terso, y un poco también el acantilado de la espalda. Una mirada a la caída libre, tan escandalosa, tan palpitante, tan humana.

No hay hechizo eterno. Pero las brujas se dan sus mañas para alargar las noches y las madrugadas.  Ocultan sus secretos entre la cabellera y otras partes del cuerpo, y juran que no es cierto, que todo es una ilusión del incauto, de aquél que bebe a sabiendas que sufrirá del embrujo, del efecto que teme, sin embargo, desea, por el cual clama su sangre.

Y así juegan, con los tarros sobre la mesa, las miradas navegantes, las manos que escudriñan y constatan, con las palabras que coinciden y huyen por temor a las promesas.

Así, al paso de las horas y los días, la bruma se disipa.

Ya habrá más mañanas de otoño, piensa él, mientras mira el azul del cielo despejado de un día cualquiera.




viernes, 26 de febrero de 2021

Hombres isla

 


La imagen es vaga, pero sólo al principio…

Serían las tres, o tal vez las cuatro de la tarde. Que es la hora en que suelen encontrarse.

Él la vio acercarse despacio, sonriente, con una mirada profunda, de esas que uno puede señalar como indescifrables.

Consciente de que debía guardar la distancia, ya que los protocolos de la pandemia así lo dictaban, él se detuvo, y también sonrió. No podía, o no debía haber lugar para el saludo efusivo, pese a que llevaran tiempo sin encontrarse, pero las cosas así eran. Y no sólo por la protección de su propia salud, sino, de manera muy consciente, del cuidado de las familias de ambos. Ya que, él se había encontrado con otras personas en espacios abiertos, a las que tuvo que solicitar distancia, obteniendo variadas reacciones como respuesta, desde el enojo hasta la burla. Pero este no era el caso. Se conocían bien, y se sabían personas responsables e informadas sobre la alarmante situación sanitaria en todo el planeta.

Sin embargo, aunque lento y desde luego, cadencioso, el paso de ella, no se detuvo. De hecho, alargó la mano, y lo tomó del brazo.

Él permaneció inmóvil, miró la mano delgada y suave, dirigirse a su brazo izquierdo, y sintió cómo el otro cuerpo tiraba un ancla junto a la isla de su cuerpo. Sí, la isla de su cuerpo.

Hombres isla, Mujeres isla, no había posibilidad de ser Pangea nuevamente. Los continentes, así como los pueblos, se habían desmoronado a toda prisa, temerosos del contagio, recelosos del contacto…

Ella alargó la otra mano y al fin, eso era lo más parecido a un abrazo. Y el hecho de que no pudiéramos clasificarlo como tal, se debía a la aún inexistente reacción de él, que lleno de incredulidad le dijo: no, se supone que no podemos…, lo dijo con voz débil. Cuál débil solía ser su oposición a acciones ligadas a la relajación moral. Pero, en esta ocasión, lo decía con un mayor porcentaje de sincera preocupación.

Ella, quién solía conducirse con la consciencia más firme, sonrió. Y acercó su rostro para darle un beso en la mejilla. Para entonces, teníamos ya un palpitante abrazo. Es extraño y a la vez interesante el cómo los roles pueden mutar y sorprender.

Ella frotó su nariz sobre la mejilla y se deslizó hasta los labios de él, y el beso húmedo dio paso a las siguientes palabras dichas por ella: No te preocupes, esto lo he planeado desde hace tiempo, lo tengo todo arreglado…

Él entendió perfectamente que era ese “todo”. Sin embargo, él no tenía un plan, una cuartada. Así que, en un instante, volvió a su rol natural, a ése que le fue dado, y se dejó llevar por el huracán que había hecho coincidir a esos fragmentos de archipiélago.

El resto de la historia está llena de simbolismos.

Él recuerda que no era solo ella, era también otra mujer, pero no pudo ver su rostro. O tal vez sí, también era ella…

Podría dibujar con todo detalle ese rostro pleno, los cabellos como brisa, los senos bronceados. Podría describir el ritmo de ese vaivén montado sobre su pelvis. A veces violento, a veces como oleaje en retirada: llevándose todo…


lunes, 26 de octubre de 2020

el color de estos días

 



Será que ya se acerca el día de muertos y el ambiente se va coloreando poco a poco de esos tonos que solo saben. Sí, colores y tonalidades que solo pueden ser nombrados a partir de sabores, pero también de aromas, y desde luego, de bruma y de reencuentros familiares. 

Ahora que las lluvias han cambiado de rumbos, me he dado a la tarea de regar mi jardín a media tarde. Y justo a esa hora es cuando se me ha revelado esta atmósfera tan anclada a la memoria. Mientras llevo cubeta a cubeta el agua al pasto, a los pequeños árboles de aguacate, a los alcatraces, y a los huesos de otros frutos, que se están llenando de humedad en la hortaliza en espera de explotar a la vida..., inhalo...

Y sí, huele al color del dulce  de calabaza. Huele a la gran ofrenda de mi abuela Ángela, quién esperaba siempre con la mesa llena a quienes venían de lejos, con sus petates y sus anécdotas de la vida después de la vida. Puedo imaginar a mi abuela frotándose las manos, sentada frente a su ofrenda, rezando, y con la mirada puesta en los detalles de su piso color rojo. 

Hace unos días soñé con mi abuelo paterno, Ángel. Estaba en su tienda, detrás del mostrador. En mi sueño me despedí y le  di  un beso en la mejilla, el dijo: ándale, cuídense. Esta atmósfera también huele al color de su casa. Ya que de niños, era el lugar al que llegábamos todos los primos para repartirnos lo que nos habían dado de calavera en las casas del pueblo (fruta, pan, tamales) y mi abuela nos daba café y el calor de la familia grande...

Este año no subiremos al panteón. Estará cerrado. Subir a alumbrar a nuestros muertos puede llevarnos a la muerte misma. Y éso, no les gustaría a los nuestros.

Ya regresaremos el otro año, con nuestras ceras, velas y veladoras a alumbrar la oscuridad de la vida-muerte-vida. Con nuestras flores color naranja y amarillo medio, alcatraces, nube, claveles y rosas a hacer la fiesta del duelo y recordarlos en familia. Y reencontrarnos con la familia, con los primos que se fueron del pueblo, con los amigos de la infancia, con los que ya no nos acordábamos que aún vivían, a saludar con gusto a los vecinos y beber con ellos a la salud de la vida y la muerte.

Ya se siente el color de los tamales, el atole y el café negro. Ya huele al color del poche y las chamarras gruesas para ir a las posadas (que no habrá) y los gritos de los niños al romper la piñata.

El color de estos días...