viernes, 22 de julio de 2011

¿Quién teme a la primavera?



1. Te veo de perfil. Tu nariz espigada, la que dibujé aquella tarde mientras me contabas de tu vida. Tu cuerpo siempre enfundado en sudaderas de niño. Cubrías tu cabeza con el gorro, no te permitías tiernas sonrisas.

2. Eres del tipo de mujeres que no necesitan amigas para ir al baño, de hecho, nunca has mencionado tener alguna que, desde tu punto de vista, valga la pena. Se te mira sola, callada. Audífonos para no estar. Para no escucharnos.

3. Como todo mundo, guardas un secreto. Hay dolor que es eterno.

4. Al fin sonríes, y amanece. Luz tierna. La amargura del café peligra al sentirte.

5. Ojos de venada. Hueles a pan con vainilla.

6. Me ofreces tu vida. Quieres una casa llena de hijos –quiero que mi casa esté hecha un desmadre, con un montón de chamacos yendo de aquí para allá, que hagan ruido todo el día-.

7. Tu historia tiene que mirarse a futuro, eres apenas principios de marzo. Entras al baño y te cambias. Te asomas misteriosa. Minifalda, labial carmín: Me apuntas con un revolver.

sábado, 16 de julio de 2011

Papalotes negros


Un hombre nada mar adentro.

Inició mojándose los pies. Parado de espaldas a las montañas miraba el imponente oleaje y la lejanía infinita. La sal y la arena se deslizaban por entre sus dedos y sus tobillos, como cálidas serpientes inofensivas.

Miró el origen distante del oleaje que llegaba a la orilla, a veces manso, a veces derribando puertas. Mar cambiante, temperamento según el clima.

Cada pequeña ola ablanda el piso y el pie se hunde. El hombre da un par de pasos al frente. Escapa de la pequeña trampa de arena. Gana valor.

El mar ahora moja su torso. Se ha adentrado. Recibe golpes de olas mansas sobre el pecho. Las primeras le provocan desconcierto, pero casi de inmediato aprende a recibirlas sin que el agua invada sus fosas nasales. El hombre limpia sus párpados y el sabor salado incursiona en sus papilas. No pasa nada, se dice a sí mismo.

Siluetas de albatros contrastan en la claridad del cielo. Agudos graznidos confirman el fluir de su sangre. Él los mira, parecen papalotes negros.

El hombre extiende los brazos, realiza los ejercicios aeróbicos de calentamiento: abrir-cerrar, abrir-cerrar. Ahora se para de puntas, el agua traza una línea divisoria entre los hombros y el resto del cuerpo. Una esfera diminuta es lo único que asoma sobre el ondulante mar. Despojo a la deriva. Siente que ahora es más ligero, al menos así le parece. Juega a patalear, a llenar su tórax de aire, a capotear algunas olas.

El mar es paciente con los ingenuos, pero siempre impredecible.

Bracea, y los músculos reconocen la resistencia del agua, hay que tener ritmo. Escuchar al oleaje, comprender sus compases. Respira, aprieta los labios, luego escupe. Sumerge la cabeza y entonces, entre abre los ojos, un azul turbio es todo lo puede ver. Saca la cabeza. Al fin puede decir que fue bañado por el mar. Estira el pie y ya no hay nada. Tantea como ciego. Los ojos sienten basuras, frota sus párpados. No hay piso, flota, el corazón bombea.

Limpia sus fosas nasales y respira casi concentrado. El cuerpo sabe cuando hay que estar en condiciones.

El hombre nada mar adentro. Está decidido, apenas se ha alejado unos metros de tierra firme. Voltea hacia la orilla, se percata de su mínimo avance. Regresa a lo suyo. Siente deslizarse bajo sus pies alguna corriente de agua fría. Bracea, respira, bracea, prueba la sal, respira.

Su cuerpo es un leño a la deriva, su avance es imperceptible. A él le parece que ha nadado durante horas, pero está consiente de que no es así. Sabe que la angustia hace que los minutos sean largos. Aunque se ha envalentonado, el temor crece en su interior, es un vacío que carcome todo lo que encuentra a su paso.

El mar lo arrastra por la bahía.

Busca en el cielo la ubicación de los albatros: Se han ido. Tampoco hay nubes.

sábado, 11 de junio de 2011

Quisiera ser un pez o, la bachata rosa

Esta mañana escuché a Juan luis Guerra, un álbum completo, esto mientras me metí a bañar, mientras me rasuraba y vestía. Fui a la cocina para prepararme un sándwich y calenté un vaso con leche.

Me senté en la sala y comí. Terminó el álbum e inició otro. Beethoven.

Tengo frente a mí a una planta que recién cambié de lugar. No le daba la luz del sol, la moví y podé. Ahora está casi al centro de este espacio. Parece recuperarse de cuatro años a la sombra. Trae brotes.

Beethoven seguía con su piano. Yo comía. El plástico blanco que cubre la gran ventana permite una luz amable. Mastico con calma cada bocado, doy sorbos al vaso. Escucho atento. No se nada de música clásica, poseo apenas unos cinco álbumes, de los cuales , tres me fueron regalados por un amigo, mismos que llegaron a sus manos como consecuencia de la muerte de un amigo suyo. La familia repartió sus pertenencias. Hoy, parte de sus objetos, comparten mi cotidianeidad.

Esa planta ha sido resistente a mi abandono. No sé que cuidados requiere, la riego como quien recuerda que tiene una llamada que hacer desde hace meses, y entonces la hace. Ahora que está al centro de la sala es muy posible que reciba más atención.

La música me conduce. Es un rio en el que nadar. Me sumerjo. No distingo entre sonatas, sinfonías y demás clasificaciones. Música, es todo lo que sé. El pez no se pregunta por el tipo de moléculas que componen las aguas en que se mueve, su organismo lo intuye. Y es justo la intuición la que me ha hecho llegar hasta este momento.

domingo, 5 de junio de 2011

Otra de borrachos

Hay días, también hay noches en que el piso se debilita, pierde solidez. Caminamos sobre hielo quebradizo, y al fin se fractura. Caer al vacío. La pesadilla común: hundirnos en la nada, ser devorados por hocicos de negrura insaciable. En medio de la incertidumbre encuentro refugio. Sitio de una sola plaza, nadie más a bordo o peligro inminente de naufragio.

Toda barra de cantina es un pedazo de madera de la cuál asirse.

Astillada por las manos que se han aferrado, depositaria de llanto ebrio, tal vez de rabia. Aunque también, sirve para simplemente flotar en aguas que al fin se han tornado tranquilas, y te permiten mirar el fondo, contemplar lo que hay. O en todo caso, lo que ha quedado.


martes, 31 de mayo de 2011

meditaciones de columpio


Pasamos la vida preparando el gran salto, aquél que nos traerá éxito. Vislumbramos dicho evento como el decisivo. Entonces serán reconocidas nuestras virtudes y nuestro talento. Aquellos que dudaron sabrán de su error, y quienes tuvieron fe, comprobarán que no estaban equivocados. Somos educados para llegar. Dar el gran salto. Tomar vuelo, elevarnos al menos un poco: La tierra húmeda nos recibe con sus entrañas abiertas, maternal, cobija el cadáver de nuestra gloria.

viernes, 20 de mayo de 2011

Este barrio huele a carnicería

Todo acabará en forma trágica. Lo sé bien.

Penetrarán mi cuerpo con alguna navaja perfectamente afilada y quedaré tendido sobre la banqueta de un barrio que no me vio nacer.

O tal vez un disparo certero destrozará mi cráneo arrojando fuera pedazos de músculo y cerebro. El charco prieto de sangre durará sobre el pavimento al menos tres días. La lluvia y el paso de transeúntes terminará por pulir el piso. La vida seguirá. Todos los días mueren sujetos que nadie conoce.

Me he puesto al ojo de mis verdugos. Me muestro, les permito conocer mis movimientos, mis costumbres. Juego a que no soy blanco fácil, sin embargo, lo soy claramente.

Este barrio huele a carnicería. Las vecinas vienen a comprar y nos untan sus sudores nocturnos. Su cuerpo es una palma abierta, olorosa. Los cuchillos se afilan. Golpes violentos de metal sobre carne salpican de sangre las batas y conciencias blancas. Los perros olfatean y gruñen a otros, sarnosos y hambrientos. Alguien les tira tripas y cebos. Los engullen sin masticar y ladran a los autos.

Cadáveres de reses, manteca, viseras: campo en flor de cortejos salvajes.

Miradas que saben lo que se avecina. A nadie sorprende. Siempre mueren los nuevos en el barrio. Aquellos que creen en la posibilidad de la razón, y por ello, desafían. Aquí no se va a escuchar la voz de un mediador. La cagaste campeón. Las palabras no caben, son billetes de juguete. Las usan los niños para jugar a ser mayores.

Tengo la misma mirada de las vacunas cabezas: libres de párpados y pellejo. Ojos grises que ya no brillan. Moscas copulan y absorben la humedad que aún conservan los tejidos. De la mierda a la carne. Zumban, hacen más molesta la espera.

Un perro grande ha esperado largo rato en el quicio de la entrada, salta y muerde una bolsa de plástico. Huye llevando consigo el plástico roto. Hígados se escurren y se apresura a masticarlos. Se pierde a dos calles. Alguien lo envenenará.

miércoles, 27 de abril de 2011

La niña Roja I



Pinche Wey.

No puedo dejar de pensarte sonriendo .

Fue eso. Claro que también lo fueron tu humedad y tu escandalosa figura. Pero la daga provino de tus ganas de ser feliz, se hundió hasta quedarse dentro. No te permití sacarla, sus dientes de acero hicieron que se atascara cual anzuelo de pesca en la boca de un bagre. Sacarla es igual a asesinarme. Eso déjamelo a mí. Tú no estás hecha para eso, ignoras tu grado de peligrosidad. Punzón de euforia.

Íbamos por un par de cervezas. Conocernos en plano distinto a la rutina...

Fue fácil tirar los dados.

Te dije, uno de esos días: sólo me he relacionado con mujeres depresivas, me he acostumbrado a consolar sus penas. Mi adicción al sufrimiento propio y ajeno.

Nada sabes de eso, supongo. Tu eres feliz. Tu melancolía ocasional es como la de cualquier otro. Todos posamos la mirada en el horizonte lejano…, de vez en cuando.

Mi vida en aquellos días era una moneda atascada en el orificio de una rockola. Llegaste a empujar de ella y la vida volvió a tomar sentido.

Al amanecer de la primera noche miraste la habitación, luego fuiste al baño, volviste a la cama tapándote los senos con tus manos, te envolviste rápidamente y apareció tu sonrisa. Tu casa está hecha un desmadre, dijiste para después, darme la espalda y ofrecerme el misterio de tus cabellos desordenados y olorosos.

Confesamos quienes éramos antes de dejar que la moneda alimentara a la rockola de la noche anterior. De las miradas lejanas que advertimos sin saber exactamente que nos traíamos entre manos. Creímos en la verdad de nuestros cuerpos desnudos que aún gozaban de los sudores ajenos y propios, ahora ya secos sobre la piel, ocultos entre los vellos.

Una imagen quedó engrapada en los tejidos de mi memoria: tirada de espaldas recibías con los ojos cerrados los embates de mi soledad, ella, se resistía a aceptar que te había encontrado. No eres tú, te decía mi voz mientras me adentraba en tu cuerpo. Tu rostro no correspondía a la mujer que conocía dos años atrás. Sucede que te descubrí.

No lo hube planeado y sé que tampoco estaba en tu lista de pendientes. Nos disfrutaríamos por más de una noche. Nos haríamos promesas. Y luego, lo que ambos ya sabemos. Ni Shakespeare ni José José dejan lugar para historias novedosas. Somos carne, sueños, debilidad y juguetes del destino.

Aquellas noches de viernes disfrutaba tenerte a mi lado. Esperabas mi salida del trabajo y en cosa de veinte minutos estábamos ya inmersos en la fiesta interminable del centro histórico. Bebíamos cerveza oscura, yo además, succionaba el perfume alojado en tu cuello, escalaba por tu barbilla hasta llegar al falso lunar de metal clavado bajo tu boca. Aún puedo ver tus ojos entrecerrados, entregándote.