sábado, 8 de octubre de 2011

Albatros (instalación gráfica) 2011, Marco Solares

stencil sobre hule cristal. 18 x 1.50 metros, centro cultural Futurama. 05/10/2011







martes, 4 de octubre de 2011

Sangre negra



Noventa albatros planean de la sala a la cocina.

Dagas calientes cortando el aire viciado del departamento

Amorfas siluetas en parvada

El olor a mar salado proviene de su sangre negra...

Descalzo, intento seguir su vuelo

No lo logro, nunca lo he logrado

Las densas nubes son el techo de este lunes

El concreto lo sabe, por eso se aprieta junto al acero

Las aves entraron por error

Su guía debió confundirse, ahora se golpean

Las paredes blancas empiezan a mancharse

Chirridos leves

Noventa albatros invadieron mi lunes

Saetas negras que arañan los cristales

Van y vienen llenos de espanto, amenazantes por lo mismo

Uno de ellos atraviesa la ventana, la rompe a pedazos

Levanto su cuerpo con mis manos

Su tinta escurre, duele.

La parvada no se inmuta, al contrario

Los parásitos del cadáver ahora son míos

jueves, 29 de septiembre de 2011

Invitación



saludos a tod@s.
Este miércoles 05 de octubre a las 18:00 se inaugura una expo colectiva, participo con una pieza de instalación titulada "Albatros". La muestra permanecerá todo octubre.
  • la dirección es: Otávalo #7 esq. Av. Inst. Politécnico Nacional. Col. Lindavista. Delg. Gustavo A. Madero. - Centro cultural Futurama-

  • a un costado de plaza lindavista, metro Lindavista.

viernes, 22 de julio de 2011

¿Quién teme a la primavera?



1. Te veo de perfil. Tu nariz espigada, la que dibujé aquella tarde mientras me contabas de tu vida. Tu cuerpo siempre enfundado en sudaderas de niño. Cubrías tu cabeza con el gorro, no te permitías tiernas sonrisas.

2. Eres del tipo de mujeres que no necesitan amigas para ir al baño, de hecho, nunca has mencionado tener alguna que, desde tu punto de vista, valga la pena. Se te mira sola, callada. Audífonos para no estar. Para no escucharnos.

3. Como todo mundo, guardas un secreto. Hay dolor que es eterno.

4. Al fin sonríes, y amanece. Luz tierna. La amargura del café peligra al sentirte.

5. Ojos de venada. Hueles a pan con vainilla.

6. Me ofreces tu vida. Quieres una casa llena de hijos –quiero que mi casa esté hecha un desmadre, con un montón de chamacos yendo de aquí para allá, que hagan ruido todo el día-.

7. Tu historia tiene que mirarse a futuro, eres apenas principios de marzo. Entras al baño y te cambias. Te asomas misteriosa. Minifalda, labial carmín: Me apuntas con un revolver.

sábado, 16 de julio de 2011

Papalotes negros


Un hombre nada mar adentro.

Inició mojándose los pies. Parado de espaldas a las montañas miraba el imponente oleaje y la lejanía infinita. La sal y la arena se deslizaban por entre sus dedos y sus tobillos, como cálidas serpientes inofensivas.

Miró el origen distante del oleaje que llegaba a la orilla, a veces manso, a veces derribando puertas. Mar cambiante, temperamento según el clima.

Cada pequeña ola ablanda el piso y el pie se hunde. El hombre da un par de pasos al frente. Escapa de la pequeña trampa de arena. Gana valor.

El mar ahora moja su torso. Se ha adentrado. Recibe golpes de olas mansas sobre el pecho. Las primeras le provocan desconcierto, pero casi de inmediato aprende a recibirlas sin que el agua invada sus fosas nasales. El hombre limpia sus párpados y el sabor salado incursiona en sus papilas. No pasa nada, se dice a sí mismo.

Siluetas de albatros contrastan en la claridad del cielo. Agudos graznidos confirman el fluir de su sangre. Él los mira, parecen papalotes negros.

El hombre extiende los brazos, realiza los ejercicios aeróbicos de calentamiento: abrir-cerrar, abrir-cerrar. Ahora se para de puntas, el agua traza una línea divisoria entre los hombros y el resto del cuerpo. Una esfera diminuta es lo único que asoma sobre el ondulante mar. Despojo a la deriva. Siente que ahora es más ligero, al menos así le parece. Juega a patalear, a llenar su tórax de aire, a capotear algunas olas.

El mar es paciente con los ingenuos, pero siempre impredecible.

Bracea, y los músculos reconocen la resistencia del agua, hay que tener ritmo. Escuchar al oleaje, comprender sus compases. Respira, aprieta los labios, luego escupe. Sumerge la cabeza y entonces, entre abre los ojos, un azul turbio es todo lo puede ver. Saca la cabeza. Al fin puede decir que fue bañado por el mar. Estira el pie y ya no hay nada. Tantea como ciego. Los ojos sienten basuras, frota sus párpados. No hay piso, flota, el corazón bombea.

Limpia sus fosas nasales y respira casi concentrado. El cuerpo sabe cuando hay que estar en condiciones.

El hombre nada mar adentro. Está decidido, apenas se ha alejado unos metros de tierra firme. Voltea hacia la orilla, se percata de su mínimo avance. Regresa a lo suyo. Siente deslizarse bajo sus pies alguna corriente de agua fría. Bracea, respira, bracea, prueba la sal, respira.

Su cuerpo es un leño a la deriva, su avance es imperceptible. A él le parece que ha nadado durante horas, pero está consiente de que no es así. Sabe que la angustia hace que los minutos sean largos. Aunque se ha envalentonado, el temor crece en su interior, es un vacío que carcome todo lo que encuentra a su paso.

El mar lo arrastra por la bahía.

Busca en el cielo la ubicación de los albatros: Se han ido. Tampoco hay nubes.

sábado, 11 de junio de 2011

Quisiera ser un pez o, la bachata rosa

Esta mañana escuché a Juan luis Guerra, un álbum completo, esto mientras me metí a bañar, mientras me rasuraba y vestía. Fui a la cocina para prepararme un sándwich y calenté un vaso con leche.

Me senté en la sala y comí. Terminó el álbum e inició otro. Beethoven.

Tengo frente a mí a una planta que recién cambié de lugar. No le daba la luz del sol, la moví y podé. Ahora está casi al centro de este espacio. Parece recuperarse de cuatro años a la sombra. Trae brotes.

Beethoven seguía con su piano. Yo comía. El plástico blanco que cubre la gran ventana permite una luz amable. Mastico con calma cada bocado, doy sorbos al vaso. Escucho atento. No se nada de música clásica, poseo apenas unos cinco álbumes, de los cuales , tres me fueron regalados por un amigo, mismos que llegaron a sus manos como consecuencia de la muerte de un amigo suyo. La familia repartió sus pertenencias. Hoy, parte de sus objetos, comparten mi cotidianeidad.

Esa planta ha sido resistente a mi abandono. No sé que cuidados requiere, la riego como quien recuerda que tiene una llamada que hacer desde hace meses, y entonces la hace. Ahora que está al centro de la sala es muy posible que reciba más atención.

La música me conduce. Es un rio en el que nadar. Me sumerjo. No distingo entre sonatas, sinfonías y demás clasificaciones. Música, es todo lo que sé. El pez no se pregunta por el tipo de moléculas que componen las aguas en que se mueve, su organismo lo intuye. Y es justo la intuición la que me ha hecho llegar hasta este momento.

domingo, 5 de junio de 2011

Otra de borrachos

Hay días, también hay noches en que el piso se debilita, pierde solidez. Caminamos sobre hielo quebradizo, y al fin se fractura. Caer al vacío. La pesadilla común: hundirnos en la nada, ser devorados por hocicos de negrura insaciable. En medio de la incertidumbre encuentro refugio. Sitio de una sola plaza, nadie más a bordo o peligro inminente de naufragio.

Toda barra de cantina es un pedazo de madera de la cuál asirse.

Astillada por las manos que se han aferrado, depositaria de llanto ebrio, tal vez de rabia. Aunque también, sirve para simplemente flotar en aguas que al fin se han tornado tranquilas, y te permiten mirar el fondo, contemplar lo que hay. O en todo caso, lo que ha quedado.