lunes, 25 de mayo de 2015

nada más




No me he aprendido ni una canción completa,
no he memorizado ni un solo poema,
no podría citar a ningún Grande…
(Te recuerdo ebria y amorosa) 
Me pegabas el culo mientras sonaba un raegueton,
Sobria decías que esa música era basura, ahora cachondeabas con demencia.
Yo feliz tomándote la cintura y atrayendo esas carnes hacia mí,
por primera vez te me adelantaste, empezaste a beber a medio día,
Llegaste a verme feliz, apenas alcanzamos mesa…
Olías al sudor de la tarde, a comida grasienta en puesto de banqueta,
tus axilas son blancas, un pozuelo para mi olfato…
Tu mirada de pregunta, tu sonrisa que no juzga, que incita..
Bésame, decías con tu aliento a cerveza,
Te recargué contra la cortina de un negocio de camisas,
¿porqué no me dijiste antes que estabas enamorado? Reclamaste.
Acabo de regresar con él, creí que sólo te divertías…
Metí mi mano por tu espalda, desabroché tu wonderbra,
Metí los dedos y estabas lista, hacía horas…
Sólo fue otro viernes, de esos en que llovía toda la noche…


domingo, 25 de enero de 2015

soledad erotizada




XI

Fui a la cocina y puse en la estufa la pequeña cafetera de espresso. Preparé para tres tazas, hasta el tope de grano, era lo último de la lata, así que  le di fin al contenido.
Mientras llegaba el hervor, me senté a hojear un libro de fotografías. Desnudos femeninos de finales del XIX, impresiones en blanco y negro posteriormente iluminadas con acuarela. Imágenes de aparente intimidad.
Leí algo sobre los fotógrafos, información muy básica, pero en su mayoría se desconoce el nombre de los autores. No sigo un orden, hojeo y me detengo cuando aparece algo.
Recuerdo cuando compré este ejemplar, nueve años atrás, lo pensé dos veces antes de desembolsar esa cantidad de dinero, pero no podía abandonar la librería sin llevarme esas imágenes antiguas a casa. Sin embargo no fueron a casa conmigo, ya que me dirigía al trabajo  y allí se quedaron, en el librero de mi cubículo, allí fue donde  hojee con calma durante mi tiempo libre.
Ahora que lo vuelvo a estudiar, descubro otros detalles. Aunque siguen siendo las mismas mujeres desnudas, las recámaras donde descansan me resultan de gran interés. Son otras,  al igual que las mujeres, también se desnudan.  Muestran la intimidad de su historia. Antes no me di cuenta, pienso que mi mirada no estaba lista. 
Cortinas pesadas, celosas telas que repudian el coqueteo de la luz natural. Aman la palidez de los cuerpos, tonalidad de interiores apagados. Cómplices del silencio inerte.
Allí es donde el musgo crece, bajo los tapetes, envenenando el ambiente de las habitaciones de los ancianos. Guardapolvo para asmáticos ahogados en flemas.
Hay una habitación en particular que fue decorada con una gran cortina bordada con hilos de oro,  debido al granulado de la fotografía no aseguro que las rítmicas imágenes sean flores de lis  u otro tipo de  elementos florales.  No  puedo evitar pensar en lo simbólico de dichos detalles.  Hilo de oro que evoca ornamento y virtud. El confort y la privacidad de la celda. Almeja que incuba perlas.
Allí, en ese escenario, ellas, las mujeres,  muestran sus jóvenes secretos. Aparentan abandono, pretenden retratos de soledad erotizada, juegan a masturbarse mientras el Señor de la casa embadurna a sus amantes. Se miran en espejos que delatan su derrumbe prematuro. ¿cómo hubiera podido abandonarlas en la librería? Esas imágenes navegan sobre el vaho de la Historia.
Casi puedo olfatear el aroma de las sábanas sobre las que descansan sus sexos.
La cafetera inicia su ebullición, estará listo en medio minuto más. El aroma del espresso hiede tanto como una panocha fértil.
Vuelvo a las imágenes. Esas  mujeres han muerto, su lubricidad se acabó. No queda más que imaginar que su vida siguió por un tiempo más, después de hacer las fotos.  Qué importa, están muertas. Ahora sólo son una hoja de papel y una página.
No más que un puñado de imágenes para mirar mientras el agua se filtra entre los granos de café.
Concluyo que el mobiliario es el verdadero protagonista de esta colección de imágenes.  Sin éste, no habría historias que contar.
Me levanto y apago la hornilla. El departamento destila el aroma de la bebida que ha teñido mi dentadura. Amarillo ocre, cercano al sepia.
Ya con la taza servida me asomo desde la ventana de la sala, el estacionamiento esta casi vacío. Hay un camión de mudanzas, un par de hombres bajan muebles para llevarlos escaleras arriba.  Una mujer supervisa el trabajo. Algo grita, no alcanzo a entender, los hombres bajan un sofá y se colocan guantes que la mujer les extiende. Es un sofá color hueso, parecido al mío, pero el de ella es impecable. En cambio el mío, es del color de un mingitorio público. Debo reconocer que ha resistido como un campeón. Posee entre sus cicatrices todo tipo de secreciones y rastros de vino tinto, cerveza y otros.
Cuando compré este libro, traía en mente la idea de tomar un curso de fotografía en el museo de la imagen, en metro Balderas. Me hice de una cámara usada y proyecté la captura de desnudos femeninos. Leonor fue mi primer modelo, rentamos la habitación de un hotel en la calle de Cuba, escogí el más jodido pensando en la posibilidad de un escenario decadente. Hice las tomas, bebimos  ron y fumamos un poco. Volví a hacer tomas, ella borracha, yo marihuano. Nos bañamos y seguimos bebiendo hasta quedarnos dormidos. Agoté dos rollos de película, seguro estuve de lograr imágenes como las planeadas. Recuerdo que en algún momento bailamos, pero me tropezaba de borracho.
Despertamos al medio día, el frío que entraba por las ventanas abiertas no fue capaz de despertarnos antes. Estábamos agotados.
Desayunamos y regresamos a casa. No había sol, las nubes aplacaban su eterno protagonismo. Volvimos a quedarnos dormidos el resto de la tarde. Pensé en guardar los carretes para revelarlos yo mismo en cuanto estuviera inscrito en el curso de fotografía. Pero todo se postergó. La furia regresó a nuestra mesa de centro, el sol volvió a calcinarnos. La felicidad de esas horas se quedó allí, guardada en la celulosa. 

jueves, 17 de julio de 2014

"el sueño de Emilio", acrílico /madera, 2014

Pieza número IV de la serie llamada "las Musas Heridas".
A diferencia de las anteriores, esta obra pictórica ha sido trabajada con la técnica del acrílico. Y gracias a las bondades de esta técnica, pude concluirla en un tiempo más breve. 
Aquí, algunas imágenes que documentan el proceso creativo.


lunes, 14 de julio de 2014

hoyos en el jardín




Vapor de agua que brota del adoquín
el domingo amanece
Baño tibio de luz
Suspiro callado

La urraca se agita en la rama
Las nubes navegan  lento
Los perros echados a mis pies
Me miran y cierran sus ojos

Remojo un par de pinceles en aguarrás
Limpio sus cerdas con mi trapo percudido
Me coloco el delantal de trabajo, olor agrio
Froto mis manos, doy un sorbo a mi taza de café

Colmillo se estira, Monsi se mordisquea una pata
Escucho un álbum de Amy Winehouse,
Mezclo rosa alizarina con un poco de ultramar
Aplico sombras, genero contrastes en el lienzo…

Mañana estaré en la oficina nuevamente, en una silla reclinable
Sin aves y sin nubes obesas
Los perros harán hoyos en el jardín,
morderán los juguetes de mis hijos

Por hora, sigo aplicando este color vino sobre una piel blanca
Rasgo con la espátula, trazo líneas velozmente
Saboreo el aire colmado de humedad
Ojalá que llueva más tarde.

jueves, 16 de enero de 2014

calores de invierno




Así sucedió. Bajé del camión que me trae al trabajo y me encaminé al puente peatonal para cruzar la avenida.
Escuché el sonido de zapatos altos, a pesar del tremendo escándalo de motores a diesel, cláxones y mentadas de madre. Sí, tacones de zapatillas…, rojas. Ese color tan choteado para hablar de amor, sexo o santaclos. Ella venía apresurada, tarde para llegar a ese lugar donde ya la esperaban. Me rebasó por la derecha y empezó a subir las escaleras del puente. Y como suele suceder con mujeres como ella, a su paso, me arrojó una estela de su perfume sembrado en el cuello, las muñecas y sus pechos.  Ellas saben tender sus trampas…
La tela de su vestido era de un material muy delgado y se adhería a su piel morena. Y así, inició la hipnosis. Pero no sólo para mí, para todos los que estábamos conscientes de su andar apresurado.
Sus nalgas redondas acusaban músculos deliciosos. La cintura que ramificaba de dicha manzana madura era ligera, pero fuerte. Se izaba vertical y de perfección simétrica, tallada en ébano. Su cuello un tierno brote de longitud renacentista remataba con un rostro apasionado, casi diabólico. Madre del pecado y de las mayores tentaciones del hombre.
Cada movimiento de sus glúteos daba sentido a la poesía de los poetas más degenerados, pero también a los más píos, que son hermanos de los otros…
Desde el edificio en construcción cercano al puente, una docena de albañiles  lanzaron como dardos frases que señalaban lo antojable de esas formas, lo fértil de sus entrañas, de las fiebres generadas por su simple existencia.
Su eje de rotación estaba en sincronía con el del planeta. Ninguna nube se movía si no era como consecuencia del viento direccionado por el rebote espacial de ese portento azabache.
Imaginé navegar entre el movimiento de esas aguas. No lucharía contra un oleaje manso, tendría que ser un marinero con pata de palo y cicatrices de muchas batallas para poder salir avante de los oleajes de siete mares agrestes, salvajes. Mares plagados de dragones y demás monstruos submarinos, de esos que se hablaba en la antigüedad. Cuántos valientes habrán perecido en esas aguas de espejismos…
Retumbar de tambores, paso a paso escaló sin mirar atrás.  Dardos envenenados con frases de telomamo y, chingoamimadresiescupo, caían muy cerca, nada de eso la turbó, era experta en el escapismo, evadía cada nuevo ataque, desde hordas de lujuriosos  hasta el tino casi perfecto de francotiradores perfumados moda Aldo Conti.
Pensé en convertirme en una suerte de escudero, ofrecer mis servicios a cambio de migajas, de estar siempre a la retaguardia, custodiando sus secretos de miel,  los secretos  del origen de la locura, los secretos de las guerras más sangrientas y las traiciones más viles.
Pero el habla me fue negada, no sólo no pude articular palabra, las piernas eran hilos sin músculo. Una profunda languidez se apoderó de mí. ¿Acaso era la consecuencia de mirarla? ¿el renacer de una medusa citadina? Su presencia fue una revelación.  “la reproducción de la especie está asegurada”, ¿quién no querría copular con ella hasta entregarle la última gota de semen, su último aliento?
Empezó a descender las últimas escalinatas, fue como ver el ocaso desde el puente peatonal, su luz se fue alejando, pero entendí que la dicha vivida por mi persona, sería experimentada por otros. 
Adiós big bang , adiós uranio enriquecido, adiós visión apocalíptica, adiós Malitzin, adiós madre del pecado. 

martes, 5 de noviembre de 2013

Amanece/Arde

Última entrega de la serie "musas heridas", aquí una mínima parte del proceso creativo de Amanece/Arde, pieza que requirió de largas pausas, pero que finalmente se logra con éxito, desde una perspectiva técnica y poética. 

"anda, deja que arda, amanezcamos a nuestras parrandas de ebriedad irresponsable, qué importa, nacimos para devorarnos, habitamos  alcobas de fuego..."

óleo/madera
120x190cm
2012
     






martes, 8 de octubre de 2013

Gasolina




En la esquina que forman la calle de Motolinia y la calle 5 de mayo, zona de tiendas de ropa, aparatos ortopédicos y ópticas; hay un grupo de gentes en torno a la orquesta de ciegos que cada tarde se instala frente a la cantina “la fuente”.
Parejas con ropas gastadas y tufo a sudor de media tarde, dan lecciones de coordinación en giros y demás movimientos tropicales. Al ritmo de salsas y cumbias convierten esta parte de la ciudad en un salón de baile al aire libre.
La música se escucha a dos cuadras de distancia. Siete integrantes brindan a los transeúntes ritmos escandalosos que dan personalidad a la ya de por sí frenética ciudad de México.
La voz principal pertenece a una mujer treintona, de dientes mal hechos, piel blanca y brazos pesados. Usa un vestido ligero con gran escote. Senos que se convierten en la referencia principal de la cantante, aún más que su ceguera y que la voz bien trabajada.
Jovita interpreta cada melodía gesticulando al límite, sus párpados temblorosos son arrítmicas persianas que a intervalos muestran pupilas muertas, natas babosas.
- imagínate..., que yo no soy yo, que soy el otro hombre que esperabas ver..., un amante improvisado, misterioso apasionado..., que te dio una cita, en este hotel...-
La baterista es otra cosa, mujer tuerta, raquítica, usa vestido blanco cuyos tirantes se deslizan hombros abajo al carecer de músculos que los sostengan. Marca el ritmo de forma perfecta, la tarola indica los tiempos de los giros, señala los movimientos más rápidos...
En su mayoría la gente se limita a observar, sólo cuatro parejas sacuden músculos y cabelleras. Se dejan guiar por sonidos y voz en penumbras. Todos quieren mirar a la cantante: sus grandes tetas, sus ojos muertos.
Un viejo mugroso cruza entre el público y eclipsa la figura de la vocalista al atravesarse frente a ella -son viejas putas, da lo mismo, todas son viejas putas-, y se reía. Terminó de cruzar y desapareció.
Un sujeto acomodado sobre un banco de bolero se toma un descanso, forma parte de la primera fila, localidad de lujo. No pierde tiempo, sus ojos que sí sirven, muerden palmo a palmo los senos de Jovita, es un tipo en transe. Hipnosis mamaria. Se frota la bragueta bajo el delantal grasiento y roído. Escupe al piso.
-buscabas lentes, micas, reparaciones..., ¿como qué buscabas amigo? Lentes, micas, reparaciones...” es un rumor permanente. Se te ofrecen folletos, propaganda, tarjetas de presentación. Todo a la vez. La ciudad es un cadáver del que brotan por millares gusanos y pus bajo un sol demasiado blanco.
Un puntapié cimbró el banco de dar bola, un moreno adolescente con camiseta sin mangas y cabeza rapada interrumpió el éxtasis del bolero –no mames picachú, ya estás de chaqueto con la pinche cieguita…, sus tetotas te traen bien pendejo-, terminó el moreno con una gran carcajada y le propinó un zape en la nuca.
Adán “el picachú” bolero hijo de invidentes, tras escupir nuevamente al pavimento, vuelve a depositar la mirada sobre los pechos de Jovita, así como miran los niños un gran pastel en los aparadores de la Ideal, saborea a distancia, imagina chupar, olfatear, sentir con las manos…
El verano calienta el pavimento y vuelve picosos los olores de las alcantarillas. El taquero de al lado gira el trompo de pastor, una masa de 50 kilos con carne y cebolla bañadas en salsa roja se cose lentamente ante la mirada de los presurosos transeúntes. Un viejo harapiento es echado a varios metros de distancia, el olor a orines fastidia el apetito de los clientes.
La pieza musical está terminando, Jovita sonríe y baila en su lugar…
-Imagina que soy tu mejor amante, hazme el amor y luego adiós…-
Los aplausos premiaron la interpretación, el grueso del público sigue su camino, algunos permanecen aún expectantes , no se permiten despreciar un show callejero o, no tienen a dónde ir, quizás esperan bailar un poco, conseguir una pareja momentánea, alargar la tarde...
Picachú se levanta y estira los brazos, rasca su cabeza, jala de un tirón la tela metida entre sus nalgas. Como si recordara de repente su oficio,ofrece bola a un oficinista que pasa junto a él, el hombre ni lo mira. Rasca su cabeza, escupe al piso, se aburre.
-cómo te haces pendejo...-, le grita otro joven que pasa apresurado dirigiendo un diablito cargado con bolsas negras, -vales verga pinche gordo...-
Picachú lo sigue con la mirada y entre dientes le mienta la madre..., -¿qué puto?- arremete el diablero, -nada-, Contesta tímido, se voltea y escupe al piso de mala gana.
Jovita anuncia la última tanda: ya estamos de regreso gente bonita, y con ésta nos despedimos, agradecemos de antemano sus aplausos y su cooperación, no sean tímidos y saquen a bailar a las damitas, primero Dios nos vemos aquí mañana a la misma hora y que Dios me los bendiga...
Adán se inquieta, vuelve a tomar asiento sobre su banco mugriento, enfoca y no pierde detalle, sabe que el sueño se acaba, son los últimos minutos del día en que podrá mirar ese cuerpo de ojos muertos. Los mira y recuerda cómo eran los de su madre: grandes y con un par de natas que impedían la entrada del mundo.
Los músicos y la cantante han terminado. Empiezan a desconectar el equipo, con manos hábiles enrollan cables al tiempo que platican, cierran estuches, bromean un poco. La calle queda vacía apenas se escucha la nota final.
Adán se levanta, duda y da unos pasos.
- Jovita, soy el Picachú...
-si, ya lo sé, ¿cómo estás Adán?, desde hace rato te escuché chambeando...
-ya terminaron ¿verdad?
-Así es manito, por hoy ya, mañana Dios dirá... ¿y a ti cómo te fue?
Picachú mira el dibujo del sostén bajo el vestido, mira la carne redonda, siente cómo su miembro se manifiesta bajo sus pantalones, no contesta nada, no escuchó la pregunta.
Jovita se voltea con movimiento brusco, ya no sonríe, y a tientas busca algo en el respaldo de una silla de plástico. -¿qué buscas Jovita? -
Picachú mira un sueter tirado a un costado de la silla, lo toma y se lo acerca a las manos. Recula y le dice -te ayudo a ponértelo-.
-no nada más dámelo...
Se huele las manos, el sueter huele a ella, a su dulce perfume. La erección gana sangre. Tiembla y enmudece.
- ¡vámonos Jovita!, grita un hombre mayor, se calza su sombrero y estira su bastón metálico. Los demás ciegos forman una fila, saben cual es su lugar en la formación, ella va en medio, detrás una gorda con una bolsa de mandado en la que ha de ir el dinero, un par de niños y todos los demás. Algunos con bastones y otros no.
Picachú los mira alejarse, se imagina formando parte de la comparsa, pero no.
Él, a diferencia de sus padres y sus hermanos puede ver bastante bien. Tiene en la memoria cada detalle de las líneas de la cantante en penumbras, la niña bonita de la cumbia, como la anuncian en el show.
Llega una camioneta con dos jóvenes y empiezan a cargar con los instrumentos, él se quita de allí, siente que estorba, le molesta la agilidad de los cargadores, la eficiencia con que cumple con su labor, se pega a la pared y los mira con el rostro duro.
Cuando aún vivía con sus padres gozaba de sus privilegios visuales, vouyerista innato. Derramó sus calostros seminales viendo a su padre montado sobre su madre, jadeantes bestias devorándose en penumbras de deseo, o cuando a su hermana mayor se bañaba a jicarazos, atestiguaba la labor del estropajo por cada rincón de ese cuerpo. Sabía deslizarse silencioso en ese mundo de miradas apagadas.
Su padre debió saberlo, y por eso lo echó -en esta casa tu no vas a ser el chingón, aquí el de los güevos soy yo, así que sácate a la chingada de aquí, que ni mi hijo eres. Seré ciego pero no pendejo-.
Picachú se rasca la nuca y se chupa las muelas, aún le queda el sabor del caldo de gallina que le invitó su primer cliente del día, un viejo dueño de una camisería en la calle de Victoria -sírvale uno de rabadilla a este hombre-, había ordenado generoso cuando el bolero daba por terminado su trabajo. De rodillas aún, Picachú le sonreía agradecido al viejo.
Observa a la comparsa de ciegos doblar en Madero, sabe que van a cenar al barrio chino. Allí algunos tienen sus cuartos, pagan muy poco por habitaciones en ruinas. Lo que más tienen son grietas y nidos de palomas. La orquesta de la niña bonita tiene por costumbre cenar en una fonda junto a las pollerías, precio especial en caldos y birrias.
Jovita vive con su madre y una criatura engendrada a la fuerza en la secundaria para ciegos. Se sabe que un conserje la siguió hasta la biblioteca de la ciudadela, esperó a que oscureciera y la metió entre los puestos de libros y películas a esa hora ya cubiertos con plásticos y trapos. Con una vez tuvo para que el conserje le sembrara un hijo que, para bien o mal, nació con los ojos inservibles.
Picachú deambuló por Madero, Carranza y Bolivar. De noche la clientela se extingue, ya no hay para qué tener los zapatos impecables. De no ser por algún dandy, nadie requiere ya de sus servicios. A esa hora más que ofrecer bola, ofrece cigarros sueltos y chicles. Va de cantina en cantina. Todos lo conocen, meseros y chicas, lava vajillas y taqueros. Saluda amigable y recibe la misma respuesta. Ése es su lugar, junto a las madres solteras que se fajan los vientres para meserear de noche, los cantineros que lo han visto todo, que nada les impresiona ya, los taqueros que le invitan un taco de surtida cuando lo ven olisqueado cerca del puesto. Se siente arropado, como una familia compuesta de parientes lejanos. Se queda en la entrada de un local y escucha alegre las canciones que la clientela programa en la rockola, se sabe varias y las tararea.
Ofrece su mercancía, los fumadores salen en grupo a la banqueta. La cosa va mejor que la boleada de todo el día. A cada cajetilla de cigarros le gana mucho dinero. Compra el paquete en la calle de Jesús María. Por eso a veces le dicen que no saben bien, que el tabaco está seco. Él no contesta, y tampoco entiende de eso, nunca ha fumado.
La madrugada es un antro abierto. Una vagina que espera a que la penetres con fuerza...
El Picachú siente cansancio, se recarga contra la pared sentado sobre la banqueta, mira desde abajo el ir y venir de la gente. Frota sus ojos y bosteza. Sus pensamientos se posan sobre la imagen de Jovita. Ya estará acostada, soñando. Pero antes seguro se bañó a jicarazos, tal como lo hacía su hermana. Imagina la escena, Jovita con la esponja enjabonada limpiando su cuerpo, ese que nunca ha visto, ese que ha sido tocado por manos desconocidas, que ha sido comido por las miradas de los hombres. Ya habrá secado su cabello, su entre pierna. Ya habrá untado crema en sus senos, los habrá sentido grandes y suaves...
Él respira hondo y se frota con fuerza el rostro, trata de quitarse el sueño que lo invade, pero también esas imágenes que no lo dejan trabajar tranquilo.
Se levanta del piso, escupe. Mira pasar a un grupo de oficinistas, tres hombres y dos mujeres, van en busca de más diversión nocturna. Se acerca y ofrece sus servicios: ¿bola jóvenes?
Lo miran y se ríen a carcajadas. No pueden parar. Se toman el estómago y se doblan de la risa. Una de las mujeres toma aire y dice: -¿no que tu hijo estaba en la escuela pinche José Luis?-
Picachú de pie y cargando su cajón los mira, se alejan riendo de felicidad.-si tiene tu carota de marrano pinche José Luis-, insiste la mujer escandalosamente.
Decide caminar sobre la calle de Uruguay rumbo a Isabel la Católica, por allí hay un par de cantinas. La calle está llena de autos. Los franeleros hacen un gran negocio, cobran 60 pesos por toda la noche. Una vez que la cuadra está llena, abandonan los autos y se van a otra calle a cazar clientes.
Mira a dos de ellos contando la morralla, muchas monedas de diez pesos, mojan algodones y se monean con gasolina, por eso tienen la piel de las manos reseca. Al fin lo miran.
-órale pinche gordo, ábrase a la verga-
-¿Andas buscando a la pinche cieguita? ¡a esta hora ya le están dando verga wey!..., se ríen e hinalan.
Él permanece inmóvil. Los conoce por apodo, uno de ellos nació cerca de la alameda, entre cartones y perros callejeros. Su madre estaba loca, después la mató el camión que ve en contraflujo sobre eje central, le apodan “el huevo” . Picachú lo mira directo, una mirada gris, como de animal muerto. -has paro huevo- murmura al franelero.
Se siguen riendo y juegan a cogerse como perros, -así puto, así se la están metiendo-.
Adán camina hacia ellos, el Huevo suelta  a su compañero y  agarra al Picachú de una oreja, lo sacude como si quisiera arrancársela, está a punto de chillar, suelta el banco y su mercancía, se soba la oreja lastimada. El Huevo moja algodón y le dice -órale Picachú, pero ya vete a chingar a tu perra madre-, Adán toma el regalo, se lleva la mano a la nariz e inhala con fuerza.
La noche es un árbol en llamas...