jueves, 25 de mayo de 2023

Maíz azul


 

A veces las historias se acaban, así como cuando el hombre de la milpa busca en su morral para echar más semilla al surco y se percata que ahora no queda más, que ya arrojó todas, y que no queda más que esperar a que el maicito nazca con el favor de las lluvias, por días, semanas y meses, que crezca y dé su fruto, que venga el sol a lustrar sus hojas largas y verdes, que corone y dore su espiga, y que abrace el palpitar de las nuevas mazorcas. Así, justo así el hombre de las historias se sienta a esperar la llegada de la tarde y de las noches, la llegada de las madrugadas eternas, y de las mañanas tibias.

Mientras tanto hurga en sus fosas nasales, se arranca los bellos más largos, se corta las uñas de los pies callosos, de tanto mirarse descubre nuevas manchas en su piel seca.

Sentado espera. En la barra de la cantina, mientras bebe su vodka, da sorbos a su caldo de camarón y algo más que han traído de la cocina.

Aburrido en el metrobus, ahogado en el calor de la tarde, entre los humores del trajín citadino, suda y espera. Observa rostros secos como el suyo, y otros llenos de fresco verdor. Ojalá lloviera en estos días…

De pie, en el microbus destartalado, de asientos brevísimos y ventanas selladas, se asfixia, y espera. Sus compañeros de viaje, agotados, dormitan, se sacuden a cada bache, a cada giro de volante, vienen de librar batallas, otros apenas van.

Se acerca al barrio, y desde el puente vehicular mira el paisaje urbano, composición accidentada, collage de concreto y tendederos, luces de ventanas lejanas, ya hay quien llegó a casa a pesar de todo. Rumor de autos y ladridos…

A pie la espera es diferente, a ritmo propio. Recuerda sus caminatas al final de su segunda década de vida, a tientas, como hasta ahora, pero con más preguntas, y el corazón más carmín, no tan rosa alizarina como el de ahora. Ardía en la hoguera de la incertidumbre, lo estrangulaba el inasible horizonte. Pero ya esperaba, sin saberlo, sin comprender el sentido de la pira interior.

Ya llegará la lluvia, ya sentirá el rumor del mar lejano, para que así, las historias despierten como langostas, como flores de cactácea de un día.


Ilustración original de Juan Carlos Trejo G.

miércoles, 18 de enero de 2023

Tabaco quemado

 


     Había pasado ya una semana, y el saco que pendía al interior del clóset en su recámara aún despedía aroma a cigarrillo. Lo descolgó y lo sacudió con fuerza, lo acercó a su nariz y aspiró largamente. No sólo era el tabaco quemado, había allí rastros de algo más…

¿José Luis? Pronunció para sí. Es un nombre común, será que me parezco a cualquiera, no tengo una personalidad desarrollada, propia, única…

Era su día libre, tenía oportunidad de salir a pasar la tarde y la noche a donde más le complaciera, pero a diferencia de otros días, estaba ligeramente atascado en el espacio.

Bajó de su departamento y se dirigió al OXXO, pidió una botella de agua de litro y medio, y regresó a casa. Destapó el agua y con ella regó las dos macetas que adornaban la estancia, fue a la cocina, y de un cajón sacó una botella de Smirnof, la vació en donde antes había agua, para meterla ahora al congelador. Antes de dejar seca la botella de vodka se sirvió en un vaso hasta el tope.

Se tiró en el sofá y dio alegres sorbos a su vaso.

-Sí eres José Luis, ¿verdad?

Le había soltado de golpe una chica cuando el mesero le estaba entregando su trago, él, sorprendido y confundido agradeció al mesero al tiempo que elaboraba la respuesta, pero tardó tanto en responder que ella simplemente le besó la mejilla.

-Caray, no mentías cuando dijiste que frecuentabas este lugar. Espera, voy por mi prima, estamos en la mesa grande, venimos en tour de cantinas, y se fue al fondo del lugar, y él aún no lograba elaborar una disculpa que sirviera para aclarar la confusión. La joven mujer era de cara redonda, cabellos rojos y piernas largas…

Se levantó del sofá y fue por su celular, lo había dejado cargando en su recámara. Abrió el historial de conversaciones y allí leyó nuevamente el último mensaje de Aline: Y qué más da si no te llamas José Luis, Yo puedo no ser Aline, pero mi aroma sigue siendo ése que te gustó, y mis besos seguirán teniendo sabor a dulce mentira, como tú dijiste. ¿Llegaste bien? 04:47 am

Se quedó dormido media hora, al despertar se puso de pie y sacó del congelador la botella con el vodka helado. La tarde estaba soleada, tomó su morral tejido que compró en Oaxaca, metió un libro, la botella y echó llave al departamento. Caminó a la estación Xola, de pie en el vagón del metro, sacó su botella y dio un par de tragos refrescantes, miró los logos de las estaciones planeando la ruta a seguir.

-Mira, es mi prima Aline, ¿nos podemos sentar?

José Luis aceptó señalando las sillas vacías que rodeaban su mesa.

-Vaya coincidencia que justo hoy vinieras a este lugar José Luis, le estoy enseñando a mi prima su ciudad, porque no la conoce, bueno, sólo la parte fresa, ya sabes, esos lugares que te sugieren en el Time Out y en la revista Chilango.  Somos de la misma edad, aunque todos dicen que yo me veo mayor, crecimos juntas aquí, hasta que yo me fui a Monterrey.

-ah, ya veo, y ¿Qué tal el tour de cantinas? ¿la están pasando bien?

Justo en ése momento, la mentira se afianzó para convertirse en una realidad alterna. Y en esa cantina, a las 8 de la noche, fue bautizado con vodka, con el nombre de José Luis. De no dar el paso hacia esa realidad alterna, la noche no le pudo haber ofrecido más que un paisaje de rostros anónimos, y un ir y venir de vasos llenos y después vacíos.

-Le dije a Aline, ese del saco beige se parece mucho a José Luis, y me dijo, ay Sam, pues acércate y pregúntale, y te estuve mirando un ratito, pero cuando te levantaste al baño y te vi con el morralito que cargas, dije, sí es. Y por eso me animé.

- ¿Pero por qué el morralito Sam? ¿No es una referencia más segura reconocer a alguien por el rostro? O de qué me perdí prima…

-¿ Las señoritas toman algo? Preguntó el mesero.

- Estamos con los del tour, dijo Aline, creo que ya nos vamos, gracias.

José Luis sintió alivio, volvería a ser quien es, a observar sin hablar, a beber sin prisa, a montar en el lomo de la memoria, pero ese alivio fue breve, casi inexistente, apenas una coma. Ya que Samantha cambió una vez más el sentido de las cosas, abrió una nueva puerta a la noche.

- Ay Aline, creo que sólo nos faltan dos cantinas, y ese tipo ya me cayó mal. Nos dijeron que conoceríamos la bohemia del centro histórico, y salen con que una copa por lugar y que de preferencia no interactuemos con los clientes porque aquí es muy peligroso. Yo prefiero quedarme. Bueno, si no tienes planes José Luis, igual y estás esperando a alguien y nosotras invadiendo todo.

- No, no. Vine a beber solo, si gustan pueden quedarse, no hay problema. Además, aquí el trago es barato, por eso vengo.

- sí, eso me dijiste hace dos años, ¿te acuerdas? Cuando estaba en la entrada de este lugar y te pregunté que si lo recomendabas. Sí te acuerdas, ¿no? Ya venías con tres copas encima…

Dijiste algo así como “depende qué sea lo que estás buscando, la botana es poca, el lugar se está cayendo de viejo, los tragos son baratos, en la rockola hay música del fonógrafo, y la noche nunca termina, por eso vengo cada que puedo…”

Aún a bordo del metro, y tarareando versos de una canción de José José, se metió otros largos sorbos de vodka helado que se desbordaron dentro de ese cuerpo transeúnte. Se sintió como un parásito viejo anidando en el interior de un gusano color naranja que carcome día a día la ciudad grisácea. Entre los favores del alcohol, el que más valoraba es ése, el de abrir puertas, bajo las mesas, entre las pupilas, entre las piernas, entre el bullicio, y entre las calles desiertas de una noche cualquiera. Gracias a ello, había conocido seres extraños, maravillosos, sabores indescifrables, e incluso túneles que conectan la ciudad de un punto a otro, y que, de día son imperceptibles, o que quizás, simplemente desaparecen.

Recuerda haber salido de la cantina y ser alcanzado por Aline, ella lo detuvo diciéndole, José Luis, te estoy gritando desde hace dos cuadras, ¿por qué te vas así? Dijiste que iríamos a bailar.

-Ya te dije que no me llamo José Luis, además ya no traigo dinero, voy a un cajero, vete con tu prima.

Pero ella insistió en acompañarlo, le llamó al celular a Samantha y lo tomó del brazo. José Luis tropezaba con las banquetas y las coladeras chipotudas. Su estado de ansiedad que lo había hecho salir de la cantina abruptamente, empezaba a ceder. Aline encendió un cigarrillo, se arregló el cabello, él respiró hondo, se talló la cara con ambas manos. Acoplaron sus pasos, un poco sus cuerpos.

Desde que Aline tomó asiento en la cantina, José Luis percibió el aroma, si bien había perfume en ese cuerpo, el otro aroma era superior. Ella, de estatura media, Jeans ajustados y deslavados, blusa con los hombros desnudos, y cazadora color vino y abundante cabellera en libertad, ocupó de inmediato la atención del anfitrión involuntario.

Platicaron y bebieron por horas, depositaron monedas para escuchar todo tipo de música, el lugar estaba lleno, había que gritar para platicar; pero los tragos, las risas, las muecas y el contacto corporal fueron los medios más eficientes para su convivencia, y para todos los allí presentes.

Y sí, del cajero, se fueron a bailar. Eufóricos, llenos de deseo y libertad. Sus cuerpos buscaron desesperados un lugar para seguir, para eternizar la brevedad, y lo hallaron. En un instante estaban dentro de ese sitio desconocido, un vagón fantasma, un ático, una cápsula espacial perdida…

Tabaco quemado, pensó. Una semana de estar paladeando con la memoria ese sabor. Al igual que un catador de vinos llega a un veredicto de los componentes y notas de una cosecha, este hombre, concluía que le fue regalado un nuevo sabor, y con ello, una nueva sensación, y una imagen incrustada en la memoria. Se robó con las dos manos un trozo de la noche. Se relamió los dedos y las uñas, aspiró todo de ella, incluido el tabaco que había en el aire, entre sus cabellos y en la espesa saliva que manaba de su pequeña boca. Ambos se entregaron al sabor de sus geografías epidérmicas, y aún más.

No debí ser yo, esa experiencia la robé a otro, sin embargo, estoy hundido en ese mar, pensó. ¿Quién chingados es José Luis?, pobre cabrón, de lo que se perdió, o no sé, quizás se salvó…

Uno nunca sabe a qué aguas se arroja, a qué corrientes se entrega. Pero estaba hecho.

Salió a la superficie en Bellas Artes. Siguió bebiendo de su botella reciclada. Caminó rumbo al Eje Norte, a paso lento. A José Luis le gusta el anonimato, solo una ciudad tan monstruosa puede brindarle la posibilidad de tener el rostro de nadie o de cualquiera. Ya que, de eso se trata el vivir en las grandes urbes, piensa él, se trata de perderse en la multitud, de abandonarse al movimiento de las cosas, de entrar en una estación y aparecer en el extremo contrario, donde quizás, seas otro, y que, sin embargo, te reconozcan o te reinventen. A esas horas, él ya estaba con el vodka hasta la Luna.

viernes, 8 de abril de 2022

CARNE DE BARRIO

 




No era más que carnada, y picó el pez dorado.

Este barrio no es gran cosa, y pese a ello, ese amontonadero de pisos, de fachadas chimuelas, es de todas, la más derruida. Uno bien pudiera pensar que ese pedazo de barrio es refugio de los excluidos de cualquier paraíso.

Por las mañanas, los habitantes asoman sus rostros por las pequeñas ventanas sin vidrios. Ojos hundidos, cabellos secos y en rebeldía. Dan breves pasos soportando la maldición de vivir sobre un trozo de madera en el mar abierto citadino. He contado tres adultos varones, de los cuales, uno es menos viejo de lo que se mira, dos mujeres que parieron hijos antes de terminar la pubertad, y un puñado de niños  tirados en el piso, frente a su fachada, junto a los perros.

Los he visto por las tardes, sentados en el viejo sofá colocado entre costales de pet y caca de perro, frente a la fachada. Arman buenos porros, mismos que chupan con devoción santa. Son más flacos que sus perros, tallan sus miembros sin reparo, beben de cualquier botella y la guardan para inhalar chingón.

Ellas cocinan con trozos de madera, a veces sale humo prieto, con aroma a plástico, y allí cuecen lo de todos los días. Escuchan música a todas horas, su bocina tiene foquitos y suena con fidelidad.

A diferencia de los hombres, a ellas se les ve apresuradas, pero con cadencia. Sus cuerpos son amplios y, pese a usar pijama hasta media tarde, sus cuerpos vencen lo holgado de las telas. Su sangre late con fuerza, las numerosas crías delatan la danza de la fertilidad y el apareamiento.

Los niños mean y cagan junto al sofá, o sobre los costales de pet, los perros los olfatean y tiran un chisguete de meados para reafirmar que la calle es suya. El baño está allí, a un costado de la entrada principal, y cuando paso escucho cómo caen los jicarazos de agua cuando alguien se está bañando, y a veces se huele el shampo dulzón de ellas.

Los hombres trepan a la azotea, y desde allí miran cómo la tarde cae sobre el barrio. Atizan y rascan sus cráneos polvosos. Su gesto acusa recuerdos de largos encierros, de agónicas noches de hacinamiento.

Hay lazos amarrados que van de los barrotes de las ventanas a un palo largo, enterrado en un hoyo del pavimento. Tienden las cobijas y demás ropa lavada.

Esa tarde la ropa desprendía un aroma a suavizante, tal vez downy rosa o algo similar. Las prendas lo merecían. Brasieres, calzones y tangas formaban una fila de colores blanco, negro y rojo.

Semejante paisaje fetichista no es fácil, uno cae ante la trampa de la poderosa imaginación.

Y como dije al inicio, no era más que carnada, y picó el pez dorado.

Salvador regresaba de la escuela, cuando miró la tanga roja en particular. Pensó en los secretos guardados en una prenda tan diminuta, en las nalgas calientes de sus vecinas. La lujuria del jovencillo palpitó fuerte. Quiso mirar más cerca, y quizás oler, aunque sólo fuera el aromatizante y no los jugos de la fertilidad. Simuló amarrar sus agujetas para detenerse justo allí, bajo ese trozo de rojo que goteaba pecado recién lavado. Miró desde abajo, cual astrónomo estudiando a Marte en cielo despejado.

Hola Chavita, ¿Qué tanto miras? Le dijo la dueña de esa bandera roja, que anuncia marea alta.

¿Yo?, no, nada.

Ja, ja, ja. Si hasta parece que te lo quieres robar, y luego yo qué hago, con que varo me compro otra tanguita, ¿me la vas a comprar tú, Chavita?

Y como babuino hambriento, se descolgó de la azotea el varón más correoso. Salvador lo ubicaba por el tatuaje de payaso triste en el cuello.

No muy guapo, mijo, ¿qué vergas se le perdió?

Se quiere robar mis calzones, dijo la mujer, se la ha de querer jalar el pinche escuincle.

Salvador quiso caminar, pero el correoso lo agarró del brazo. ¿me vas a robar a mí? Ya pisaste mierda. Lo arrastró al interior del baño, y pudo percibir el aroma a shampo de coco, tirado en el piso, el sujeto le quitó los tenis, el celular y el dinero de los bolsillos, allí mismo se le cayó el baucher y la tarjeta de la beca de estudiante recién sacada del cajero. El hombre se apresuró a guardarse todo al tiempo que cacheteaba a Salvador.

Luego lo arrojó a la calle y le mentó su madre.

 

sábado, 11 de diciembre de 2021

 

 BRUMA




A bordo del metrobús, que como de costumbre estaba totalmente lleno de pasajeros, y respirando aire caliente bajo el cubrebocas, alcanzó a mirar entre un par de cabezas somnolientas el paisaje que esa mañana les regalaba el amanecer de noviembre. Por breves instantes la ruta del metrobús se eleva por arriba de la ciénega de cuemanco, que esa mañana estaba amasada por una blanquecina bruma. El vaho del otoño navegando sin prisa tomó a todos los pasajeros por sorpresa.

La caricia del vaho sobre nuestros ojos resecos, pensó él. Nada tan lejano al áspero concreto de los paisajes cotidianos de esta ciudad, que hieren y exorcizan ilusiones…

La bruma se le incrustó cráneo adentro.

Llegó la quinta ronda de cerveza. El tarro lucía una corona brumosa.

Ella regresaba del sanitario. Su ámbar silueta era una ola calma en dirección suya, pero como toda ola, bien pudo cambiar su ruta y perderse, sin embargo, llevó caracoles y pequeños peces de colores hasta su mesa. Él le entregó una amplia sonrisa y unos ojos acuosos, acuáticos, quizás.

Brindaron una vez más, esta ocasión fue por la coincidencia de los números, antes había sido por la sal de las tierras del sur. Un poco del salitre de los manantiales, y otro tanto por los manglares.

¿Qué hay en la vida sino tramposas coincidencias?

Su palma ya había incursionado sobre el hombro terso, y un poco también el acantilado de la espalda. Una mirada a la caída libre, tan escandalosa, tan palpitante, tan humana.

No hay hechizo eterno. Pero las brujas se dan sus mañas para alargar las noches y las madrugadas.  Ocultan sus secretos entre la cabellera y otras partes del cuerpo, y juran que no es cierto, que todo es una ilusión del incauto, de aquél que bebe a sabiendas que sufrirá del embrujo, del efecto que teme, sin embargo, desea, por el cual clama su sangre.

Y así juegan, con los tarros sobre la mesa, las miradas navegantes, las manos que escudriñan y constatan, con las palabras que coinciden y huyen por temor a las promesas.

Así, al paso de las horas y los días, la bruma se disipa.

Ya habrá más mañanas de otoño, piensa él, mientras mira el azul del cielo despejado de un día cualquiera.




viernes, 26 de febrero de 2021

Hombres isla

 


La imagen es vaga, pero sólo al principio…

Serían las tres, o tal vez las cuatro de la tarde. Que es la hora en que suelen encontrarse.

Él la vio acercarse despacio, sonriente, con una mirada profunda, de esas que uno puede señalar como indescifrables.

Consciente de que debía guardar la distancia, ya que los protocolos de la pandemia así lo dictaban, él se detuvo, y también sonrió. No podía, o no debía haber lugar para el saludo efusivo, pese a que llevaran tiempo sin encontrarse, pero las cosas así eran. Y no sólo por la protección de su propia salud, sino, de manera muy consciente, del cuidado de las familias de ambos. Ya que, él se había encontrado con otras personas en espacios abiertos, a las que tuvo que solicitar distancia, obteniendo variadas reacciones como respuesta, desde el enojo hasta la burla. Pero este no era el caso. Se conocían bien, y se sabían personas responsables e informadas sobre la alarmante situación sanitaria en todo el planeta.

Sin embargo, aunque lento y desde luego, cadencioso, el paso de ella, no se detuvo. De hecho, alargó la mano, y lo tomó del brazo.

Él permaneció inmóvil, miró la mano delgada y suave, dirigirse a su brazo izquierdo, y sintió cómo el otro cuerpo tiraba un ancla junto a la isla de su cuerpo. Sí, la isla de su cuerpo.

Hombres isla, Mujeres isla, no había posibilidad de ser Pangea nuevamente. Los continentes, así como los pueblos, se habían desmoronado a toda prisa, temerosos del contagio, recelosos del contacto…

Ella alargó la otra mano y al fin, eso era lo más parecido a un abrazo. Y el hecho de que no pudiéramos clasificarlo como tal, se debía a la aún inexistente reacción de él, que lleno de incredulidad le dijo: no, se supone que no podemos…, lo dijo con voz débil. Cuál débil solía ser su oposición a acciones ligadas a la relajación moral. Pero, en esta ocasión, lo decía con un mayor porcentaje de sincera preocupación.

Ella, quién solía conducirse con la consciencia más firme, sonrió. Y acercó su rostro para darle un beso en la mejilla. Para entonces, teníamos ya un palpitante abrazo. Es extraño y a la vez interesante el cómo los roles pueden mutar y sorprender.

Ella frotó su nariz sobre la mejilla y se deslizó hasta los labios de él, y el beso húmedo dio paso a las siguientes palabras dichas por ella: No te preocupes, esto lo he planeado desde hace tiempo, lo tengo todo arreglado…

Él entendió perfectamente que era ese “todo”. Sin embargo, él no tenía un plan, una cuartada. Así que, en un instante, volvió a su rol natural, a ése que le fue dado, y se dejó llevar por el huracán que había hecho coincidir a esos fragmentos de archipiélago.

El resto de la historia está llena de simbolismos.

Él recuerda que no era solo ella, era también otra mujer, pero no pudo ver su rostro. O tal vez sí, también era ella…

Podría dibujar con todo detalle ese rostro pleno, los cabellos como brisa, los senos bronceados. Podría describir el ritmo de ese vaivén montado sobre su pelvis. A veces violento, a veces como oleaje en retirada: llevándose todo…


lunes, 26 de octubre de 2020

el color de estos días

 



Será que ya se acerca el día de muertos y el ambiente se va coloreando poco a poco de esos tonos que solo saben. Sí, colores y tonalidades que solo pueden ser nombrados a partir de sabores, pero también de aromas, y desde luego, de bruma y de reencuentros familiares. 

Ahora que las lluvias han cambiado de rumbos, me he dado a la tarea de regar mi jardín a media tarde. Y justo a esa hora es cuando se me ha revelado esta atmósfera tan anclada a la memoria. Mientras llevo cubeta a cubeta el agua al pasto, a los pequeños árboles de aguacate, a los alcatraces, y a los huesos de otros frutos, que se están llenando de humedad en la hortaliza en espera de explotar a la vida..., inhalo...

Y sí, huele al color del dulce  de calabaza. Huele a la gran ofrenda de mi abuela Ángela, quién esperaba siempre con la mesa llena a quienes venían de lejos, con sus petates y sus anécdotas de la vida después de la vida. Puedo imaginar a mi abuela frotándose las manos, sentada frente a su ofrenda, rezando, y con la mirada puesta en los detalles de su piso color rojo. 

Hace unos días soñé con mi abuelo paterno, Ángel. Estaba en su tienda, detrás del mostrador. En mi sueño me despedí y le  di  un beso en la mejilla, el dijo: ándale, cuídense. Esta atmósfera también huele al color de su casa. Ya que de niños, era el lugar al que llegábamos todos los primos para repartirnos lo que nos habían dado de calavera en las casas del pueblo (fruta, pan, tamales) y mi abuela nos daba café y el calor de la familia grande...

Este año no subiremos al panteón. Estará cerrado. Subir a alumbrar a nuestros muertos puede llevarnos a la muerte misma. Y éso, no les gustaría a los nuestros.

Ya regresaremos el otro año, con nuestras ceras, velas y veladoras a alumbrar la oscuridad de la vida-muerte-vida. Con nuestras flores color naranja y amarillo medio, alcatraces, nube, claveles y rosas a hacer la fiesta del duelo y recordarlos en familia. Y reencontrarnos con la familia, con los primos que se fueron del pueblo, con los amigos de la infancia, con los que ya no nos acordábamos que aún vivían, a saludar con gusto a los vecinos y beber con ellos a la salud de la vida y la muerte.

Ya se siente el color de los tamales, el atole y el café negro. Ya huele al color del poche y las chamarras gruesas para ir a las posadas (que no habrá) y los gritos de los niños al romper la piñata.

El color de estos días...




domingo, 26 de enero de 2020

Un vientre bello




Era un vientre bello, no demasiado grande, pero tampoco de esos mediocres que sólo son lonja gruesa. Le sentaba bien. No pretendía cubrirlo con el antebrazo o con el bolso, no, de hecho, cuando se reía, el vientre también reía, había complicidad, había armonía.
Cuando llegué a la pulquería lo primero que vi al entrar fue su espalda desnuda, ya que la tela color blanco satín con pequeñas flores magenta de su vestido de tirantes, iniciaba a partir del último tercio de la espalda, ya llegando a las caderas.
Tomé asiento y pedí un litro de blanco.
La mesa que ocupé era compartida con tres personas más, un anciano que se ayudaba con un par de muletas para arrastrar su pesado cuerpo, y que cada vez que tenía que orinar, empujaba la mesa haciendo peligrar las bebidas, los otros dos eran pareja, recién casados según platicaron al pasar de los tarros y los minutos.
Me gusta mirar. Mis ojos son manos de gigante. Llegan a distancias lejanas a mi cuerpo y aprisionan con fuerza las formas, volúmenes, colores y texturas. Mis ojos tienen ventosas que succionan los aromas, las esencias, los sabores. Mis ojos tienen cuchillas que diseccionan lo que miran, comparan las partes con el todo, y localizan las secciones áureas.
Al sentarme en la mesa contigua pude verla de perfil. Estaba acompañada de dos hombres y una mujer. La juventud aún era una corona para presumir en sus cabezas, reían y cantaban.
Mi mirada también es un perro que olfatea el celo, y ella sintió mi vaho sobre su cuello y sobre su hombro desnudo, y me miró.
El pulque me refrescaba deliciosamente. La tarde era calurosa.
Un grupo de tres mujeres hacía rato que pedían canciones a los norteños, cantaban fuerte, gritaban y reían enfiestadas de pulque y de vida.
Ésta pulquería es vieja, quizás tanto como el jefe que está encargado de lavar los tarros que se van desocupando. Su técnica es sencilla: en una bandeja tiene detergente disuelto en agua, toma una escobetilla y la sumerge allí, y hace movimientos rápidos, dos talladas adentro del tarro, dos afuera, sumerge el tarro en un bote grande que contiene agua y allí enjuaga a lo largo del día todo lo que se va desocupando, el tarro de la señorita y el tarro del compa que se vomitó tres veces. Y listo, a servir los nuevos pedidos.
La chica del vientre hermoso se levanta y camina al sanitario. Al fin la veo de cuerpo completo, y lo que es mejor, caminando por entre las mesas infestadas de bebedores.  Su andar es el palpitar de la tierra, mi mirada también es un sensor de movimientos y vibraciones minúsculas, su andar es volcánico.
Pido otro litro, aunque sé que tardarán mucho en atenderme, ya que la muda que sirve en las mesas es elitista, agria. Prefiere atender a los que vienen en grupo. Tuve que manotear y a cambio recibí una mueca.
El pulque es un líquido vivo, mi mirada lo ha visto mutar en los estómagos de los bebedores. A unos les ensortija el pelo, a otros les da fuerza y valentía, a otros los vuelve poetas o bailarines, a otros los convierte en ajolotes y se van a los canales, a respirar agua eternamente. Pero a ella, a la del vientre carnoso, aún no estoy seguro, es demasiado pronto. Por eso espero mi segundo tarro, para que el pulque me hable, para que mis ojos vean. Para saber si Mayahuel la reconoce como una de sus hijas, para ver como suda aguamiel, como se fermenta en ella y yo, pueda beberla con sed necia e insaciable.